Torrente

Francisco Varela

FERROL

El centenario de Gonzalo Torrente me trae a la memoria la primera vez que le vi, en aquel período de su reencuentro con la ciudad natal, entrados los años 80. Rodeado de un grupo de periodistas en la plaza de Armas, un compañero erudito le soltó una pregunta ditirámbica y confusa, de esas en que uno, sin querer, pierde el sujeto gramatical por el camino. De manera que Torrente, mirándolo de esquello le contestó: o demo me coma si che entendo... Pudo haber sido bastante peor, conociendo el personaje.

Con el inmortal serantés me ocurre lo que con Cela porque con algunos pasajes de su (sus) vida, mejor tapar la nariz o pensar que también Borges santificó a Videla cuando en los bajos fondos de Buenos Aires hacían desaparecer a miles de jóvenes. Por eso, si me vienen malos pensamientos de Torrente, busco en la memoria el placer que tuve al leer su Don Juan, y se me pasa todo. Con Cela, echo mano de Viaje a la Alcarria. Tras leer las aventuras de Leporello (Don Juan) [muy mala acogida tuvo cuando salió a la luz, en 1966], supe que fue uno de los motivos por los que se fue a dar clase a una universidad norteamericana, dejando tan temprano aquella España de Franco que él había ayudado a construir vestido de falangista. Su marcha no fue un gesto oportunista. Quizá es mejor saber poco de la vida de los autores apreciados o buscar nuestros amores literarios lejos. En Polonia, por ejemplo, donde tengo al periodista Ryszard Kapuscinski, cuyos libros se ha convertido en clásicos o manuales para los jóvenes reporteros. Se sabe, por ahora, poco de su vida y mejor dejarlo así, no vayan a ser inciertos los aspectos más atractivos de su imagen, ¿éste también falla? Además, Torrente se topó con la censura, en manos de curas, que quería rebanarle medio Don Juan quitándole los episodios en los que Leporello era un rebelde contra Dios. Don Juan me reencuentra a con Torrente.