L
a construcción de Ferrol es tan reciente que casi podemos seguir sus pasos en daguerrotipo y fotografía al menos en el último siglo y medio. El último libro de Guillermo Escrigas hace un escogido recorrido de 1858 a 1904 en el que me detengo en la imagen de la plaza de Amboage. Es el único espacio que ha perdurado sin transformar. Únicamente crecieron los árboles, pero las escalinatas mantienen su configuración y solo desapareció la que se le añadió al monumento franquista. La historia arquitectónica de la ciudad se puede seguir con el fructífero período de Rodolfo Ucha, en la década de los 20, uno de los tiempos de mayor apogeo y, quizá, el más alegre. El dinero llegó a raudales porque los astilleros construían la nueva flota que sustituía a la hundida en el desastre de Cuba. Luego vino otro desastre, la Guerra Civil, y hay que esperar hasta la década de los 60 para presenciar otro auge como aquel, tan alegre por la bonanza -siempre el tobogán de arriba y abajo de la construcción naval-, si bien los resultados en la arquitectura no son para recoger en un libro histórico con fotos. Ocurrió igual en todo el país, aunque en Ferrol se le dio con ganas a la piqueta para derribar edificios reflejo de una época. Un espíritu destructor que todavía pervive en algunos, para desgracia de todos. Véase la plaza de Armas, apenas quedan las casas originales de las esquinas de las calles y las que las sustituyeron son de las que hay que tapar. Los libros de fotos así, con una buena selección, llevan a la nostalgia de unos tiempos en los que la proporcionalidad era impresionante en entornos como Amboage o Las Angustias. Los tejados de la acera de enfrente no podían impedir, por su altura, que el sol alcanzase el portal de cada casa, es un ejemplo. Obsérvese, también, el paseo del Cantón... como era. La arquitectura que siguió a aquel relumbrón fue de fachada zafia, altura que sobrepasa toda norma y fractura de la línea que había, algo que todavía estamos pagando ahora. No era necesaria tanta destrucción.