Pasma la facilidad con la que se lía la madeja. Y pasma que suceda tantas veces. Con tantas cosas distintas. Mucho más, desde luego, de lo que sería deseable. Un buen ejemplo, y reciente, está en Herrerías. Con la estatua de Franco.
Amanecía el mes de enero cuando parecía claro que en cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica la efigie del dictador iba a ser retirada de la vista del público. Y que iba a suceder rápido. Y, de nuevo, comenzó el rebumbio, el debate y los cruces de críticas sobre algo que no tiene demasiado que discutir. El destino del caballo y del jinete está más que claro. Y, por otro lado, es lógico. Lo raro es que no sucediese antes.
Cae el telón de febrero y la cosa sigue exactamente igual. La montura no se ha movido. A lo mejor entre el Ministerio de Defensa y el Concello de Ferrol se está a la espera de que, en una suerte de ficción, eche a trotar por iniciativa propia buscando pasto y cobijo. Incluso que el corcel y quien se sienta sobre sus lomos se sacudan el bronce para ponerse ellos mismos la funda que se les está confeccionando. A medida. Pero, salvo malabarismo cósmico, no va a ser así. Con la misma va a haber que hacerlo con máquinas y con operarios. Casi seguro.
Pasma -aunque resulte redundante- la facilidad con la que se lía la madeja. Es sencillo intuir que hay cosas muchísimo más importantes de las que ocuparse que del traslado de la estatua de Franco. Y es sencillo darse cuenta de que lo único que dicta el sentido común es que el cumplimiento de la ley ha de hacerse rápido. Y con luz y taquígrafos. La mejor manera de evitar que una anécdota -porque esto no es otra cosa- levante tanta polvareda.
Y de paso, se puede aplicar la misma receta -diligencia y claridad- para evitar que Ferrol Vello se caiga a pedazos. Que A Magdalena recupere vida. Que el futuro de Recimil se aclare, con hechos, de una buena vez... Vamos. Para que el mundo de los que andamos a pie y no somos de bronce siga girando.