La villa, en cuyos astilleros nacieron los primeros grandes navíos botados en aguas ferrolanas, fue incorporada a la Corona en el XVIII, pero el valor de sus habitantes ya recibió el reconocimiento de los reyes medievales
15 feb 2010 . Actualizado a las 15:51 h.Buenas. ¿Están ustedes ahí...? ¿Y se han fijado en la razón que tienen los que siguen afirmando que A Graña, la situada más al norte de las reales villas de la ría ferrolana, tiene forma de letra griega? De y , para ser exactos, grafema que en el XVIII, más o menos allá por los años en los que A Graña se incorporó a la Corona española, pasó de ser vocal a convertirse, mayormente, en consonante. Tú contemplas la (también real) villa desde la ribera sur de la ría, cuando los últimos rayos de sol van marchando, y ves nacer en ella una y de luces que, conforme la noche lo va envolviendo todo, se convierte en una magia a la que habría que premiar, en cada ocaso, con un aplauso.
Eso es fruto, evidentemente, del particularísimo trazado de sus principales calles, a las que no les ha quedado otro remedio que adaptarse a la inclinación de un terreno en el que todo conduce al mar, haciendo que a cada paso surjan ante los ojos del caminante vistas en las que la perspectiva que ofrece cada rincón parece haberlo cambiado todo sin necesidad de mover nada. Sostienen las crónicas que los habitantes de A Graña gozan de privilegio colectivo de nobleza desde que admiraban por su valor a los reyes medievales cuando combatían, junto a los caballeros de la casa de Andrade, en batallas como la de El Salado , aquella que se libró a finales del mes de octubre de 1340 en tierras gaditanas, en la que los invasores meriníes cayeron derrotados. Así que esa es, por tanto, una nobleza más que probada.
Miguel Fernández, que como Paio Chómez Chariño era en otro tiempo es en el nuestro, además de poeta y natural de las tierras pontevedresas, almirante de la Armada (y a quien sus convecinos de la villa han nombrado Cidadán de Honra), recuerda que la «primera mención» escrita de A Graña aparece en el año 1158, en «un privilegio de Fernando II».
«El resto de mi vida»
Miguel, que vive en uno de los puntos más altos de la villa («este es el lugar que he elegido para pasar el resto de mi vida», comenta), desde donde ve cómo en la ría entran y salen los barcos -entretenimiento este, quien lo duda, muy propio de almirantes-, recuerda que fue Felipe V quien mandó «establecer el astillero» en el que apenas unos años más tarde ya se construían navíos como el Galicia y el León , armados con 70 cañones. «Además -prosigue con su relato el almirante Fernández-, aquí se construyeron entonces fragatas como la Hermione , de 36 cañones, y hasta una grúa flotante, pero en 1747 Fernando VI decidió paralizar las obras de A Graña, y se inició la construcción de un astillero nuevo en las riberas de Esteiro». «Y de las antiguas fábricas de A Graña -añade- hoy solamente queda el gran escudo pétreo, con las armas reales y dos leones rampantes, que se conserva en la Puerta del Parque del Arsenal». Recuerda Fernández, además, que la Escuela de Pilotos de la Armada estuvo en A Graña hasta 1756, año en el que se ordenó su traslado a Ferrol, y que casi medio siglo más tarde, en 1800 para ser exactos, aún tuvo la villa, o más bien sus habitantes, un papel especialmente destacado en la defensa de Ferrol frente a las tropas británicas del almirante Warren.
Unas tropas -15.000 hombres llegados en un centenar de barcos- que intentaron «tomar la plaza» tras haber desembarcado en la playa de Doniños con «la pretensión de destruir el Arsenal y todas los buques que pudiesen», pero que fueron derrotadas en la batalla de los Altos de Brión, como quien dice a media legua de la villa. Ya se sabe que, tras tener noticia de aquella victoria sobre las fuerzas inglesas, y cabe suponer que alzando la copa bastante, brindó «por los valientes ferrolanos» nada menos que Napoleón Bonaparte. Miguel Fernández, que no deja de repetir que recibe como «un honor» el afecto de la villa de la que es «ciudadano de adopción», sostiene que conservar A Graña, y la ría de la que A Graña nació, es una obligación moral de todo cuanto gobernante tiene capacidad para decidir sobre el destino de ambas. Él, mientras tanto, desde el estudio diseñado por su hija, arquitecta en los Estados Unidos, sigue escribiendo y pintando bajo un cielo que bien podría ser de Turner.