Entre las leyendas que envuelven al monasterio de Caaveiro está la de que todavía hoy se escuchan las campanas que no tiene. Unas campanas que, suenen o no a oídos de los que no renuncian a soñar, la verdad es que se echan de menos. ¡Pero en fin...! La última rehabilitación a la que se ha sometido el monasterio, que actualmente es propiedad de la Diputación, ha sido dirigida por Celestino García Braña, y es magnífica. No es de extrañar que ustedes, a los que tanto les dolía ver cómo estaba Caaveiro en los últimos años del siglo XX, estén satisfechos de ella.
La colegiata es uno de esos lugares que también nos llevan a la conclusión de que si uno los tiene lo bastante cerca como para poderlos visitar cuando quiere, es dueño de un tesoro. Ciertamente es muy hermoso contemplarlo cuando florecen los cerezos en las riberas del Eume; y cuando se convierte en un oasis de paz y de sombra fresca bajo los calores del verano; y cuando lo envuelven en colores de oro las horas del otoño. Pero también en invierno. Aunque, como en los cuentos infantiles, haga frío y llueva.
El invierno permite imaginar cómo sería de dura la vida de los anacoretas que deambulaban por aquellas cumbres antes de que Caaveiro acogiese la primera comunidad religiosa. Y casi ver a los caballeros que, a lomos de sus caballos de guerra, se acercarían hasta allí, cuando casi todo el día era noche, para dejar hablado con el señor abad el lugar de su enterramiento.
Llegas a Caaveiro bajo la lluvia, y es Santi quien te recibe, hospitalario como los hermanos porteros que sin duda tuvo antaño la colegiata para darles la bienvenida a quienes llamaban a su puerta. Él es uno de los vigilantes que, por turnos, se encargan hoy de custodiar el monumento, que en los días señalados para ello -durante el estío, todos; en el invierno solo durante los fines de semana- la Diputación muestra, a través de visitas guiadas, a quienes quieren conocerlo. Pero cuando llegamos no es día de tales visitas, obviamente. Y no hay ni guías ni turistas. Santi se encuentra solo. Bueno, solo del todo no: le hace compañía un gato blanco de manchas canela que quizás sea casi inmortal y permanezca entre aquellas piedras desde que los últimos canónigos, os fidalgos da Igrexa , marcharon lejos.
«Pois ao gato non sei como lle chaman -dice Santi-. Xa estaba aquí cando chegamos. E por aquí anda sempre. Nós damoslle de comer, e el parece que está contento». Conoce, el gato, cada rincón del monasterio. Pero Dani también; y además se nota que su presencia allí le ha hecho quererle a Caaveiro con todas sus fuerzas. Es lo que suele suceder: cuando alguien ama lo que en verdad merece ser amado, la proximidad a lo más querido hace que los sentimientos no se estanquen, sino que se acrecienten. «Non me dirá que non é unha marabilla, isto», añade Dani, haciendo la doble negación de una afirmación bien consistente. Y no: jamás podríamos decirle eso.