Qué raros son. En lugar de atajar y afrontar los problemas de frente, con naturalidad, soltura y franqueza, se dedican al juego del despiste con la esperanza de enredar y diluir los marrones. Hablo de los políticos. Y lo hago en concreto por el problema de la laguna de A Frouxeira que, a modo de resumen y para no liar, como ellos, se sintetiza en dos palabras: se muere. Puede que no lo haga este año o el que viene, pero le sucede, me parece, un mal irremediable para cualquier ecosistema: está alterado. Hace años que ha dejado de funcionar de modo natural y gracias a la mano del hombre y a sus palas excavadoras, el agua entra y sale de la laguna a través del canal que la une con el mar. Todo iba más o menos normal hasta que a alguno de esos humanos inteligentes se le fue la mano y la pala y abrió el canal a la brava. Desde entonces, la laguna parece no ser capaz de hallar el equilibrio que garantiza la pervivencia del ecosistema, de los seres vivos que habitan A Frouxeira y que le han valido al humedal no sé cuántas medallas por su elevado valor medioambiental.
Esto es así. Y ¿qué hacen los políticos? Mirar hacia atrás con la esperanza de encontrar responsables y echar balones fuera. Pero ninguno ha puesto sobre la mesa una solución. Han admitido el problema -lo contrario sería una tontería porque que la laguna está casi sin agua salta a la vista-, han dicho que sí, que A Frouxeira está alterada por las sucesivas aperturas del canal, pero ninguno ha dicho aún qué hacer. Los vecinos de Valdoviño sí han lanzado una propuesta: que las palas de la Xunta no vuelvan a aparecer por la laguna, que la dejen en paz.
Esto tampoco resolvería el problema del todo (la laguna se desborda en invierno por las intensas lluvias y las mareas y ya es preciso echarle una mano para ensanchar el canal de salida), pero quizá no lo agrandaría.
La naturaleza solía ser sabia hasta que se metió por el medio el hombre, sus palas y los políticos. Qué raros son.