Su decrepitud a la intemperie es un monumento a la desidia. Media docena de instalaciones artilleras anidadas en enclaves privilegiados de la costa ferrolana y en la actualidad juguetes rotos de la estrategia militar no se desmoronan antes porque su robusta obra de fábrica desafía con éxito el vandalismo cotidiano. Punta Frouxeira, Campelo, Prior, Monteventoso, A Lagoa, Segaño, Coitelada, Prioriño, Lobadiz... oteros sobre el Atlántico, escenarios a la espera, retos de muda dignidad a tantos despropósitos y denuncia silente del desinterés de los poderes públicos. Ahí siguen: desmoronándose lentamente, para prorrogar la vergüenza de su abandono. Ni siquiera ha quedado la muestra de uno solo de los ocho cañones Vickers de 38,1 cm de calibre, unos gigantes de acero de más de doscientas toneladas de peso capaces de disparar proyectiles de 875 kilogramos y 1,70 metros a una distancia de 35 kilómetros; montados en las baterías de costa ferrolanas en los últimos años del primer tercio del siglo pasado. (Su traslado fue toda una epopeya, sobre una vía férrea desmontable desde el Arsenal hasta su emplazamiento final). No tiene afán belicista el lamento, sino respeto a la historia. El mismo que han mostrado nuestros vecinos coruñeses, una sociedad menos vinculada a la defensa y a la cultura militar que la ferrolana, con las baterías de San Pedro y Monticaño. Por un elemental respeto a la historia (y al negocio: en su entorno han surgido iniciativas vinculadas al ocio).
Pero si el agua pasada no mueve molino, ni devuelve pesadas piezas de artillería, la que está por caer bien podría refrescar mientes y servir de acicate para la reconversión de estos espacios en lugares útiles a la sociedad que ha financiado su construcción y no merece ser testigo de la incuria. Esa agua que está por caer bien podría activar los molinos de la burocracia de modo que, por una vez, llegase antes el proyecto de reutilización que el desplome de las instalaciones. Una ingenuidad, naturalmente.