La tripulación del «Cabo Prior Uno» captura entre 30 y 40 kilos de centolla durante el primer día de la apertura de la veda del crustáceo en el interior de la ría de Ferrol
15 dic 2009 . Actualizado a las 12:26 h.La dársena de Curuxeiras permanece en silencio. Solo el chillido repentino de alguna gaviota quiebra la calma de la noche. Es la una de la madrugada del domingo al lunes. A partir de esta hora, los marineros comenzarán a llegar de forma escalonada para salir a faenar. La de hoy no es una jornada cualquiera. La cofradía de pescadores de Ferrol abrió por fin la veda de la centolla en la zona interior de la ría, la que se ubica dentro de la línea imaginaria que une los castillos de San Felipe y de la Palma. A esta hora, aproximadamente 10.000 metros de malla permanecen en el fondo del canal de navegación, en profundidades que oscilan entre los ocho y los 20 metros, alimentando las esperanzas de los trabajadores del mar. Una de las embarcaciones del pósito ferrolano que hoy saldrá a recoger sus redes, el Cabo Prior Uno, arranca sus motores media hora más tarde. La tripulación formada por Lolo García Beceiro y los hermanos Nacho y Andrés Granda Bret ya se encuentro a bordo del pesquero de 10,40 metros de eslora. Mientras acaban de equiparse con las botas y los trajes de agua, no hay otro tema de conversación: hace mucho frío. El cielo despejado y la brisa del nordeste desploma el mercurio del termómetro alojado en el puente de mando hasta los 3 grados centígrados. Se sueltan las amarras y el barco comienza a navegar. La hora de salida la marca la marea. En esa parte de la ría es importante esperar a la bajamar para que las corrientes no dificulten el posicionamiento de las embarcaciones. Además, en este caso, el Cabo Prior Uno deberá esperar el turno para levantar el aparejo. Los patrones de los barcos han decidido ordenar el proceso para que los inevitables cruces entre las redes de varios pesqueros no sean una molestia. De este modo, el último en largar, en echar la malla al agua, será el primero en levantar. Durante el trayecto, Lolo comenta con Andrés y Nacho que irán justo detrás del Cabo Vilán. El puerto de Ferrol ya se divisa por la popa. Al frente, en proa, en el canal de navegación, la actividad ha comenzado. Una decena de barcos se agolpan para buscar las boyas que señalizan sus aparejos. «Es como una fiesta», destaca Nacho, mientras observa los movimientos de las embarcaciones. En el puente de mando, Lolo, que está al timón, busca en la pantalla del GPS el punto donde se ubican sus balizas. Las cosas se tuercen. La boya no aparece. Nacho alumbra con una linterna la superficie del mar, que exhibe el color negro asfalto del cielo. Comienza a llover y el nordeste gana intensidad. Tres pasadas a la misma zona y ni rastro. Hay otras balizas, pero ninguna es la de ellos. Los tres deciden sondear el fondo con un dispositivo, similar a un rizón, para conseguir recuperar el aparejo. Las primeras intentonas no dan sus frutos. De repente, Andrés ordena a Lolo parar la máquina. Los ganchos del artilugio han descubierto la red. La tripulación respira aliviada. Una vez en cubierta, descubren que el cabo que unía la malla a la boya ha sido cortado. Con el malestar que esto provoca, inician el proceso de «virar» (levantar) la malla. Son las dos y media de la mañana. Nacho se encarga de empujar las cerca de 40 piezas, con 50 metros cada una, que componen el aparejo del Cabo Prior Uno. Lolo le ayuda desde el puente de mando con la fuerza de los motores de la embarcación. Mientras, en la popa, Andrés estiba de forma provisional la red. El ritmo es frenético. Pocas palabras y las que se pronuncian son en forma de órdenes. Cuando todavía no han subido a cubierta ni una cuarta parte, la tripulación ya se da cuenta de que no va a ser una buena jornada. Las centollas aparecen enredadas en los tres paños que forman los «miños» (el tipo de red) de manera muy alterna. «Poca cosa», exclama Andrés. Un lamento que acompaña con el movimiento de la cabeza. A las cuatro y cuarto de la madrugada, los aproximadamente 2.000 metros de malla del Cabo Prior Uno ya están en el barco. El balance: entre 30 y 40 kilos de centolla, que traducido en euros pueden superar los 400 euros. A esta cantidad hay que descontarle los gastos de mantenimiento del barco. «Es -apunta Lolo- el peor año desde que venimos aquí». «Quizás sea por culpa del Nordés», añade. El patrón pone ahora rumbo a Cariño donde la tripulación «clareará» (limpiar y apilar) todo el aparejo. Después, aprovecharán las primeras luces de la mañana para volver a largar y pondrán, 12 horas después de comenzar el día, punto y seguido a una jornada de trabajo en uno de los oficios más duros del mundo, en uno de los trabajos que ha engordado el prestigio de Galicia a lo largo de la historia.