El Aquajoy llegó a Ferrol, procedente de Indonesia, bordeando el sur del África, para evitar así el paso por el canal de Suez y a los temibles piratas de Somalia. Sin embargo, Robert Bongcayao, el primer oficial del buque, se imagina muy bien cómo se debieron sentir los tripulantes del Alakrana cuando fueron abordados, porque él mismo sufrió un ataque de corsarios hace poco más de un año.
Según relata este marino de 31 años, los hechos ocurrieron en octubre del año pasado, cuando Bongcayao se encontraba enrolado en otro buque que transportaba carbón al puerto de Koper, en Eslovenia. «Al pasar por la zona de Somalia, fuimos atacados por tres barcos piratas. Los vi muy bien, porque estaban muy cerca y llevaban rifles», explica el marino.
Nada más sufrir el ataque, la tripulación lanzó un SOS solicitando ayuda, aunque sin confiar demasiado en que llegase a tiempo, porque en la zona había un barco de la Armada italiana, «pero estaba muy alejado».
La tripulación decidió entonces actuar por su cuenta. El filipino cuenta que hicieron frente a los corsarios africanos con mangueras de agua, echando mano de un tendido eléctrico que colocaron en la barandilla del buque y prendiendo mechas a botellas de oxígeno y acetileno. «Con ellas provocábamos unos ruidos muy fuertes, que hicieron pensar a los piratas que teníamos armas», relata Robert.
Dos días
El asedio duró dos días, «que se hicieron eternos», pero al final Bongcayao y sus compañeros de tripulación ganaron la batalla a los delincuentes somalíes, que decidieron retirarse. Sin embargo, al marino filipino no se le olvidará nunca lo mal que lo pasó aquellas pocas horas frente a la costa africana. «Estábamos todos muy asustados y no solo porque temiésemos que sus disparos alcanzasen a alguno de nosotros, sino también porque le podían dar a un tanque de combustible. Y ahí sí que todo habría terminado, porque el barco habría explotado por los aires», recuerda todavía estremecido.
Por eso, cuando se le pregunta si se volvería a enrolar en un barco que pasase por Somalia, su respuesta no sorprende. «De ninguna manera. Ahora tengo mucha suerte, porque estoy en un buque que ya no pasa por ahí. El viaje es más largo y también más costoso, porque vale la pena. Así no corremos riesgos», explica Robert con una sonrisa de alivio. Cualquier cosa, dice el marino, con tal de no tener que pasar otra vez por la misma experiencia. «Nunca lo pasé tan mal. Fue algo terrible, como una guerra».