Un crimen sin aclarar en Serantes

Francisco Varela

FERROL

Si antes del 2012 no aparece el asesino, el asunto quedará prescrito al cumplirse los veinte años y aunque la policía lo localice después no podrá ser procesado

08 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

El 5 de junio de 1992 Amalia Orjales Beceiro, de 67 años, fue asesinada en su casa de Serantes, en Feira do Dous. El crimen sigue sin esclarecer y si no surgen nuevas pruebas, una declaración de alguien, en el 2012, transcurridos veinte años, el asesinato quedará impune porque así lo prevé la legislación española. Incluso si el autor de la muerte sale públicamente diciendo: «Fui yo quien la maté». Nada se podrá hacer, el sumario estará archivado definitivamente y la causa prescrita.

No obstante, esta historia sí puede servir para que policías y jueces tomen nota de lo que se hizo mal. Algunas cosas rematadamente mal, impropias de la criminalística moderna.

Amalia vivía sola y su cadáver fue descubierto por un sobrino que acudía a visitarla. La primera llamada que se hizo fue al 092 de la Policía Local de Ferrol y la primera patrulla que llegó fue de este cuerpo. Lo que ocurrió en aquellos momentos tampoco ha quedado muy claro: no se sabe si los agentes locales se encontraron ya la vivienda de Amalia llena de gente o permitieron que entrase. Porque una de las básicas normas que debe conocer cualquier policía es proteger el escenario del crimen hasta que lleguen los especialistas. Es decir, crear una línea de policía y apartar a los curiosos.

La televisión

El asesino apuñaló a Amalia veinte veces. La hipótesis que prevaleció entonces apunta a que ella, muy sorda, se encontraba viendo la televisión en la sala de la vivienda. El autor del crimen entró por la trasera y pretendía robarle unas 300.000 pesetas que guardaba en la casa y luego huir sin que ella se diese cuenta. Pero por algún motivo lo vio y la reacción del criminal de matarla fue, presumiblemente, porque lo conocía. De hecho, gran parte de la investigación se llevó a cabo en el entorno de la víctima, pero sin resultados positivos. El homicida no se llevó el dinero quizás porque no lo encontró.

Los vecinos que invadieron la vivienda en los primeros momentos y revolvieron varias habitaciones ayudaban, precisamente, a una hermana de la víctima a buscar una manta eléctrica donde Amalia ocultaba el dinero. Parece que, incluso, el autor la buscó y podría haberla encontrado desconociendo que en la vivienda había dos. La que halló no era la que guardaba los ahorros de la mujer. Sea como fuere, llegaron los agentes de la Policía Nacional e iniciaron la investigación y todo parecía que, a pesar del desbarajuste inicial, llegaría a buen fin. El asesino se había manchado literalmente las manos con la sangre de Amalia y, al escapar por una ventana, dejó su huella en el alféizar. Pero tampoco sirvió.

Como si las cosas se torciesen sin posibilidad de enderezamiento, otras huellas del interior de la vivienda quedaron mezcladas con las decenas de manos que revolvieron todo el escenario del crimen. Poco a poco la sensación de que la pesquisa iba de mal en peor comenzó a tomar cuerpo y los sospechosos comenzaron a dejar de serlo al mismo ritmo. Ninguna prueba nueva consolidaba sospechas.

Cuando se incorporó el juez Pía Iglesias al juzgado que llevaba el caso ordenó nuevas actuaciones, como desbrozar los ribazos que rodean la casa de Amalia en busca del arma homicida por si el asesino la hubiese arrojado por allí tras saltar por la ventana y escapar. Tampoco tuvo éxito.

Los forenses determinaron que cuando a primeras horas de la tarde del 5 de junio de 1992 fue encontrado el cadáver, Amalia llevaba muerta entre diez y doce horas. Es decir, habría sido asesinada sobre las nueve de la noche del día 4. Su sobrino Ramón, que acudía como todos los días a recoger un cupón de la ONCE, se encontró también la televisión encendida.

Soltera

El cuerpo estaba tendido en el suelo del salón rodeado de un charco de sangre. La madre de Ramón y hermana de la fallecida fue quien localizó el dinero poco después, con la policía.

Amalia era soltera y quería permanecer viviendo sola en la casa que había heredado de su padre, un empleado civil del Arsenal. Había rehusado cambiarse a vivir con esta hermana, a pesar de su insistencia. Solo la casualidad ahora, 18 años después, podría aportar alguna prueba nueva que aclarase su asesinato.