La riqueza y complejidad de los cambios que ha experimentado la ciudad de Ferrol en los dos últimos tercios del pasado siglo probablemente no tienen parangón en su historia. Con frecuencia se excluye el factor endógeno en esa evolución, en beneficio de las causas externas; lo que no deja de ser una simplificación maniquea. Ferrol es lo que es porque así lo han hecho los ferrolanos. Y no se entiende esa armazón social, digamos el ferrolanismo, sin personalidades de poderosa influencia en su entorno. Es el caso de Carlos Perille.
Ligado desde su juventud a iniciativas culturales, particularmente el teatro y la poesía, y con una insobornable independencia de criterio, fue no obstante su actividad profesional la que marcó más su proyección pública. Singularmente dotado para la declamación, puso al servicio de su fina inteligencia una elegante ironía y una puntillosa dicción hasta el punto de asentar un estilo propio, de exhibición verbal y semántica, de juego amoroso con el lenguaje, que resistió a las modas y corrientes de la publicidad comercial.
Carlos Perille es ya parte de la historia de Ferrol.