Cuando en el siglo XVIII los primeros Borbones decidieron que la ría de un pequeño pueblo costero del noroeste se convertiría en el gran arsenal para atender las necesidades de defensa del Reino, muchos habrán pensado que no eran más que delirios palaciegos. Pero aquella idea acabaría por transformar una aldea en el epicentro del I+D de la época, al menos en ingeniería portuaria y naval. Ferrol fue desde entonces, con momentos gloriosos y reveses dramáticos, una referencia mundial.
Un pequeño concello de la provincia de Ourense, tan olvidado que ni los aviones sobrevuelan su espacio aéreo, es uno de los lugares que podrían acoger la mayor base del mundo de construcción de aviones no tripulados. Trasmiras tiene competidores difíciles de batir (Andalucía, Alemania, Francia, Italia) y ni siquiera la decisión depende del Gobierno, sino de un consorcio de multinacionales. Pero en el fondo hay paralelismos: una necesidad, una idea y un lugar idóneo para ponerla en marcha. ¿Por qué no puede ser el sur de Ourense lo que fue Ferrol en tiempos de Felipe V?
Pero conviene ser cautos con las expectativas que generan estos proyectos. Y sobre todo con los ventajistas que aparecen donde asoman las ilusiones y el dinero. Por seguir con los paralelismos, recordemos otro caso que tuvo como escenario la misma ciudad que nació con el florecimiento de la construcción naval y que inicio su último declive con la reconversión de los ochenta. A finales de esa década, con Astano reducido a miniatura, cientos de personas sumándose cada día al paro y el andamio de varias comarcas viniéndose abajo, apareció el proyecto salvavidas. Se llamaba Sociedad Italiana del Vidrio. Recibiría subvenciones del Estado, suelo gratis y facilidades para recolocar a los desempleados del naval. Hoy, un cuarto de siglo después, las esperanzas siguen ocultas por la maleza que creció sobre lo que en su día parecían brotes verdes.