Representan los viejos tiempos duros del taxi, y los nuevos, con tiempo incluso para dedicar a otras actividades como tocar la gaita en el caso del joven
10 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En Ferrol hay 91 taxistas. Al menos dos de ellos, Arturo Lamas Franco y Arturo Lamas Braña, Arturito , son padre e hijo. Arturo se apasionó con los vehículos a motor en su Muras natal, en el corazón de Serra do Xistral, a pocos kilómetros de As Pontes. Antes de los 16 años manejaba ya una vieja carroceta que bajaba madera de las montañas, cuando estos pequeños tanques carecían todavía de motor de arranque. Por eso había que tener cuidado al encencerlos con la magneto porque la manivela podía arrancarte un dedo. Poco después se inició en los turismos con un tío suyo de A Coruña. Luego fue uno de tantos que se quedaron en Ferrol, tras hacer el servicio militar. Él lo hizo en el parque de automóviles de la Armada, como chófer de un coronel y aprovechó para hacerse con toda la escala de carnés de conducir.
Era 1968 y ya conducía un taxi por las calles de Ferrol. Tuvo dos Seat 1.500, un R-12, un Supermirafiori Seat, dos Toledos y ahora un Volkswagen Passat. No sabe cuántos kilómetros lleva en el cuerpo pero son millones. Antes del auge de Astano, su trabajo consistía en viajes a Pasajes con oficiales y tripulantes, y a las Rías Baixas con marineros, todos de Pysbe. O tantas veces cuando el taxista hacía de ambulanciero con la embarazada a punto de romper aguas hacia el sanatario San Javier, en la plaza de España de Ferrol.
Fue también el taxista del ingeniero francés que dirigió las obras de construcción del nuevo dique de Bazán, siempre a Madrid donde pasaba el fin de semana y regresaba luego con el técnico. Eran jornadas, a veces, de 18 horas, con viajes a Bilbao de ida y vuelta por unas carreteras infernales y unos automóviles con motores Barreiros, duros pero muy sonoros. Apenas tuvo accidentes ni fue víctima de atracos.
Arturito representa la nueva generación de taxistas. Ex universitario (comenzó Físicas), dejó Compostela para regresar a Ferrol y continuar con la gaita y más tarde ganarse la vida como taxista. Trabaja solo de siete de la mañana a tres de la tarde. Luego le toma el relevo «un chófer», es decir, un asalariado que continua hasta bien entrada la noche. Ambos hacen unos 80.000 kilómetros al año en el Skoda que utilizan.
Arturito nota la crisis porque «la gente anda más a pie». Los servicios actualmente suelen ser trayectos cortos (hospital Marcide, Alcampo en A Gándara, aeropuertos de Lavacolla y Alvedro...), apenas se hacen bodas. Pero a media tarde, cuando hablamos, Arturito ya lleva en su espalda la gaita camino del Toxos e Froles, donde conoció a su mujer, Ana Caeiro, cuando casi eran niños. Ha estado en Argentina, Brasil, Venezuela, Perú y otros muchos países impartiendo clases de gaita, porque el contar con un empleado le permite continuar con su gran pasión, la gaita.
Lo más pintoresco que le ha ocurrido al hijo fue cuando una mujer lo contrató para seguir el coche de su marido, que iba acompañado de una novia. «Los pillamos en un monte de A Bailadora y se montó un follón tremendo», recuerda entre risas.
El trabajo de taxista cambió muchísimo con las emisoras y el teléfono móvil. «Es menos esclavo», subraya el hijo. Padre e hijo coinciden en que la primera norma del buen profesional es mantener la tranquilidad, «no estresarte», conducir bien y no probar el alcohol mientras se trabaja. Arturo habla frecuentemente a sus hijos (tiene otros dos, uno trabajando en el túnel del AVE de Vigo, y la única chica, funcionaria de la Xunta) de lo difícil que fue su vida. «Dinme que eran outros tempos», pero él quiere que lo recuerden.