La primera paranoia colectiva del siglo la trajo un prión espongiforme de vacas y ovejas que, como el virus del cerdo mexicano, iba a someter al mundo a un plaga apocalíptica. Pasados ocho años, en Galicia el rastro de la crisis de las vacas locas tiene más víctimas políticas que sanitarias. Una de ellas fue Cástor Gago, el último conselleiro de Agricultura aupado por José Luis Baltar. Al anochecer enterró en un vertedero de Mesía (A Coruña) trescientas vacas entradas en años sospechosas del prión, y cavó su tumba como conselleiro.
A Cástor Gago lo sustituyó Diz Guedes, hombre de voluble trayectoria, y Baltar perdió una parte de su cuota de poder en el penúltimo Gobierno de Fraga. Al regresar el PP a la Xunta, Feijoo pasó por encima de las cuotas territoriales con el nombramiento de sus conselleiros. Con la designación, el jueves, de los llamados superdelegados provinciales, ha constatado que comienza la sucesión de Baltar con el objetivo de evitar otro cacharrazo.
La eficacia para los administrados de la nueva estructura de la Xunta en las provincias y en el área de Vigo es una incógnita, pero negar su eficacia antes de que comience, como han hecho a la carrera el PSOE y el BNG, implica una querencia por el inmovilismo impropia de la izquierda, y de dos partidos que habían elevado a objetivo casi fundacional del bipartito la reducción de altos cargos y asesores respecto al fraguismo. Fue al revés, pero esa es otra historia.
El elegido por Feijoo para delegado unipersonal de Ourense, que absorberá la representación de la docena larga de altos cargos con chófer y dietas que había en las anteriores legislaturas -uno por consellería-, no era el primero, ni el segundo, ni el tercer candidato en la propuesta que Baltar elevó a Monte Pío. Sin rubor, lo reconoció en público el mismo jueves. Dicho de otro modo, Baltar tiene más difícil ejercer el califato como en los viejos tiempos sobre la administración provincial de la Xunta.
Núñez Feijoo optó para el puesto por Rogelio Martínez Martínez (52 años), alcalde de Arnoia desde el 1979 y uno de los vicepresidentes de la diputación de Baltar. Como fue el regidor más joven de España le ha pasado de todo. Hace mucho, cuando cruzaba una carretera en Lalín al salir de un restaurante en compañía de Romay Beccaría, le dio un ligero empujón al entonces conselleiro para evitar que lo atropellase un coche. Él tuvo menos suerte y estuvo magullado varios meses.
La anécdota servirá a quien quiera hacerlo para recuperar a destiempo las cuitas entre el romayrismo y el cuiñismo, aunque no van por ahí los tiros. Feijoo busca una sucesión ordenada y digna para el último gran barón, para lo cual él mismo utilizará su condición de ourensano nacido en Os Peares.
Hace dos meses, al día siguiente del 1 de marzo, Baltar anunció que habían sido sus últimas autonómicas como presidente provincial del partido. A punto de cruzar los setenta años, puso fecha de caducidad a su carrera política, que no es lo mismo que renunciar a elegir a su sucesor. El congreso autonómico del PP coincidirá el próximo fin de semana con el del Bloque y, después de las elecciones europeas de junio, llegarán los congresos provinciales.
Las sucesiones de los barones suelen salirle mal al PP. Además de la ruptura de Cacharro Pardo, en Ourense esté el ejemplo de Victorino Núñez, cuya silla se quedó Baltar. El propósito de Feijoo es doble y su éxito o fracaso serán públicos. Por un lado, ir diluyendo la ascendencia de Baltar, primero sobre conselleiros, luego sobre delegados... Por otro, que la salida sea pactada para no reproducir ni el caso Cacharro ni el caso Victorino, aunque en ambos el PP no padeció un desfonde electoral.
La opción de un aplazamiento de la sucesión si aparecen complicaciones no existe, pues la consolidación de Feijoo depende también de que la renovación generacional y la forma de hacer política que predica no contenga notables excepciones. Baltar es un hombre que se enorgullece de premiar el amiguismo frente al mérito. Lo que le reprochaba a Quintana o a Pachi Vázquez en los mítines de marzo era que, a pesar de ser más jóvenes, ya casi eran tan caciques como él (sic).
La operación Baltar tiene de complicación añadida las relaciones de sangre. El hijo, José Manuel Baltar, vicepresidente del Parlamento, optó a conselleiro y ¿por qué no va a querer suceder al padre también en el PP?. Sin embargo, las opciones de ganar que le brinda el apoyo del padre, se las quita ser su hijo.