«Los bailarines somos un poco peonzas; para avanzar, tenemos que salir»

FERROL

La vida de esta mujer ha dado muchas vueltas, pero desde algún tiempo, y por el momento, sus pies solo giran en Ferrol

02 may 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Matilde Pedreira se calzó sus primeras zapatillas de ballet a los cinco años. Y fue también en torno a esa edad, si la memoria no le falla, cuando visitó por primera vez el mirador de Monte Ventoso, su rincón predilecto de Ferrol. «Mi padre me llevó allí de excursión, porque le gustaban mucho las baterías de la costa, y cuando vi la inmensidad del mar y las vistas de las rías me quedé muy impresionada», cuenta Matilde retrocediendo a los tiempos de su infancia. Aquella visión a más de doscientos metros sobre el mar la dejó sin aliento. Pero, sobre todo, le transmitió mucha calma y tranquilidad. Y por eso, tal vez, a esta mujer de cuerpo menudo y ojos grandes le gusta regresar allí cuando algo le nubla el alma: «Es un lugar que me transmite mucha paz», resume Matilde. Pero Monte Ventoso no es el único referente vital que esta bailarina y profesora de danza tiene en su tierra. Cuenta que adora las atalayas naturales y por eso no resulte extraño que sienta antipatía por la muralla que separa a los ferrolanos del mar -«porque nos ahoga un poco», dice- y encuentre refugio, en cambio, en lugares apartados y recónditos, abiertos a la inmensidad. Es lo que le ocurre, por ejemplo, en una cumbre de los montes de Monfero, desde la cual, dice, se puede ver al río Eume serpenteando entre verdes montañas. «Es un sitio muy especial». Pero volvamos a Ferrol. A ese mismo Ferrol que Matilde añoraba cuando su cuerpo danzaba a cientos de kilómetros de aquí, en los escenarios de Gales y Londres. Porque ella, como otros muchos bailarines con talento, tuvo que emigrar cuando descubrió que aquí ya no podía avanzar más. A los 18 años se marchó a Madrid, algo que le resultó «durísimo», porque tuvo que dejar atrás a su familia y a su primer amor, ese que nunca se olvida. Y después, con algunas tablas más y la misma morriña, puso rumbo a las británicas islas, donde varias compañías de ballet le abrieron sus puertas. «Todos los bailarines, y en especial los gallegos, somos un poco peonzas; para poder avanzar no nos queda más remedio que salir, movernos a otras ciudades», apunta. Pero Matilde es agradecida y no se olvida de sus orígenes. Por eso tiene palabras amables y llenas de admiración para Marigel Fernández y Celia López, sus primeras profesoras, que no solo le transmitieron la técnica y los valores de la danza -«sacrificio, dedicación, fuerza de voluntad», enumera ella-, sino que también le enseñaron a amarla. Y las mismas palabras de agradecimiento reserva para su familia. Tan cercana se siente Matilde a los suyos que no le importa reconocer que volvió a Ferrol porque le tiraban las raíces. Y también -y sobre todo- por su madre. «Se puso enferma y yo sentí que tenía que estar a su lado», dice sincera. Ahora que ya está aquí, no sabe todavía si este es su sitio. Pero mientras el destino se encarga de hacérselo saber, ella sigue haciendo lo que más le gusta: bailar. Casi un día sí y otro también se pone las mallas y las zapatillas para transmitir lo que sabe a sus alumnas. Y aunque añora un poco los escenarios -«sobre todo, esos momentos en los que notas que le transmites algo a la gente, que le remueves algo dentro»-, asegura que la enseñanza le llena muchísimo. Mirando al futuro, Matilde sueña con el día en el que las pequeñas Paulovas de la comarca no tengan que hacer las maletas para encauzar su formación profesional. Y por eso lanza al aire una reivindicación. «Ferrol tiene que contar con un conservatorio o una escuela pública de danza ya», sentencia.