Con vocación para enseñar

TEXTO Beatriz Antón FOTO José Pardo

FERROL

El padre se pasó más de tres décadas de su vida entre pupitres y encerados; su hija, contagiada por su pasión, le sigue ahora los pasos en el colegio Jorge Juan

16 feb 2009 . Actualizado a las 12:19 h.

A Cristina Rodríguez Núñez no hay nada que le haga más que feliz que reencontrarse con sus pequeños alumnos de tres años cada mañana. «¡Es que no hay día que no me sorprendan con algo!», dice sonriente esta joven maestra del colegio Jorge Juan de Fene.

La profesora cuenta que se dedica a la enseña por «pura vocación», aunque reconoce que tal vez los genes tuvieron algo que ver en el asunto. Porque Cristina es hija de Manuel Rodríguez Rodríguez, un hombre que dio clases en el centro en el que ahora ella trabaja durante la friolera de 34 años, y que fue, además, uno de los pioneros del cooperativismo de la enseñanza en Ferrolterra.

Sentado muy cerca de su hija, Manuel aviva los rescoldos del pasado para explicar cuándo y cómo decidió hacerse profesor. Fue siendo todavía adolescente, «a los 14 o 15 años», tras darse cuenta de la «importante labor» que hacían los maestros, sobre todo con muchachos tan «rebeldes» como él. Con esa certeza en la mente, Manuel supo muy pronto cómo escribir el guión de su vida profesional: a los 18 años se estrenó en el oficio dando clases particulares a los jóvenes aprendices de Astano; a los 22 terminó Magisterio; y poco después, a los 23, entró en el colegio Jorge Juan. Allí permaneció al pie del cañón hasta hace casi seis años, cuando se prejubiló.

Haciendo una rápida radiografía de su vida en las aulas, Manuel se detiene en dos recuerdos. Uno de ellos se corresponde con un año decisivo, 1985, cuando los profesores del centro tomaron sus riendas mediante la formación de una cooperativa. Y el otro tiene nombre propio: Antonio Pardo. «Fue mi jefe durante los primeros años, y pese a que discutíamos muchísimo, siempre supo entenderme y apoyarme».

A pesar de sus paralelismos, la vida de Manuel y Cristina frente al encerado ha sido muy diferente. El padre recuerda los tiempos en los que llegó a haber más de 50 alumnos por aula, mientras ahora, en la clase de su hija, no pasan de la veintena.

«Se ha mejorado en muchas cosas: ahora las clases ya no están tan masificadas, hay profesores de apoyo y también más medios para mejorar la enseñanza», dice Cristina. Pero tanto ella como su padre también reconocen algunos «fallos». Manuel habla entonces del poco tiempo del que disponen ahora los padres para estar con sus hijos. Y de la falta de disciplina entre los niños: «Yo, cuando daba clases, lo primero que les exigía cuando entraban en clase era que dieran los buenos días, y si no lo hacían, les mandaba salir del aula y volver a entrar, pero esta vez haciéndolo bien».

Tal vez por esa actitud, cuenta Cristina, a su padre los chavales le tenían «no miedo, pero sí muchísimo respeto». Al pedirle que siga hablando de él, de Manuel, a la joven maestra se le enciende la mirada: «Él ha sido siempre mi modelo a seguir, porque es una persona con unos principios muy firmes». Y a él le ocurre lo mismo. De su boca solo salen elogios para su hija: «A ella no solo es que le guste dar clases, es que se nota que vive la profesión».

La cita llega a su fin. Cristina tiene que atender a sus alumnos. Y Manolo, sus quehaceres, que ahora, ya jubilado, consisten en «leer y hacer de cocinillas». ¿Y para ser profesor? ¿Cuál será la receta? «Vocación, carácter y muchas ganas de trabajar», responde él sonriente.