El taxista que perdió a su mujer y su único hijo -el caso Óliver- en el 2000 ha vuelto al trabajo: el contacto con clientes, la familia y los amigos fue su mejor terapia
14 sep 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Manolo Bouza se ha puesto sus mejores galas para recibirnos. Camisa de buen algodón y un traje oscuro. Nos encontramos en Cabanas, frente a su apartamento, donde aparca también su nuevo Audi que ha comprado para su profesión de taxista. Quiere demostrar -y lo consigue- que ha sido capaz de superar la tragedia que vivió el 20 de marzo del 2000 cuando su mujer María degolló al único hijo de ambos en el piso familiar de Santa Cecilia, luego cogió un taxi, llegó a Covas y se tiró al mar. Fue el caso Óliver, que dio la vuelta a España porque ambos, Manolo y María, habían pedido públicamente ayuda para que internasen a su hijo que padecía trastornos de conducta y se había vuelto muy violento. Incluso la madre había dicho que si no había pronto una solución tenía miedo de sí misma.
Paseamos por Cabanas y Manolo entra en materia. «Tenía dos caminos: seguir detrás de ellos y entonces hoy estarías hablando con mi hermana sobre los tres o tirar para adelante; escogí el segundo». No quiere decir olvido y quien lo pretenda le ofendería. Va alguna vez al piso de Santa Cecilia para airearlo, abre un cajón y aparece un foto... «Te da una vuelta el cuerpo». De nuevo la nube negra, pero se repone y sigue. No fue fácil llegar hasta aquí, ahora que tiene 61 años. Año y medio de baja y la mano de una buena psiquiatra para la que no tiene más que elogios y que le hizo olvidar un poco las malas experiencias con otros médicos. Porque parte de los males de Óliver procedían del embarazo y una gestación de alto riesgo, un parto prematuro por cesárea con deshidratación del bebé y falta de oxígeno.
Muy vital
La mañana de luz de ayer hace que Manolo esté también más vital. No le gustan los días oscuros de diciembre o enero. Ahora, los pequeños regalos son grandes estímulos. Un día de sol, el aliento de un compañero. Sencillos gestos como aquel cliente que, en los primeros días de trabajo tras el año y medio de baja, le pagó. «Luego me dijo, tú no te vas, te vienes a comer con mi familia, eso no tiene pago», recuerda ahora. A Manolo, que nació en Pantín (Valdoviño), fue comercial de calle muchos años del sector de la alimentación hasta que ya entrados los 40 pasó al taxi con una parada en Pontedeume, se le ve la compostura de Pilar Manjón, que también perdió a su único hijo. Quiere que nos sentemos en un café donde la gente le saluda. Asume su popularidad porque quiere que se vea que se puede salir adelante, a pesar de desgracias tan terribles. «La vida sigue», y su experiencia le da impulso para dirigirse a un cliente durante un servicio cuya esposa lo reconoce para darle ánimos. También pueden perder a su hijo. «Le dije que si no fuese tan duro mi mujer no haría lo que hizo y se mataría después». Es que si el ser humano careciese de esta capacidad de superación el mundo habría acabado hace tiempo, pienso, mientras el fotógrafo termina su minucioso trabajo. Ya fuera del coche, Manolo continúa: «Hay que sacar fuerzas de donde no las hay, es un peso duro de llevar y más lo era llegar a casa sin sueño, yo que veo poco la televisión...» Hoy va a comer con su hermana, que vive en Lago (Valdoviño), un día familiar en el patrón de la parroquia. Un pequeño detalle más para seguir, incluso dibuja una sonrisa. Pasará una tarde hablando y también escuchando porque lo que le pasó le ha servido también para «aprender a escuchar», dice.
-Has pensado en volver a casarte, en recomponer una vida en pareja, le pregunto.
Manolo no lo descarta, ya no volver a tener hijos porque cree que a su edad a uno ya le ha pasado la hora, pero todavía le queda vida por delante para compartir cuando, dentro de cuatro años, se jubile.
Porque ha conseguido no verse como el más desgraciado del mundo. Cuando escucha por la radio de su coche -es un gran aficionado a la radio- un accidente, la muerte de un niño, siempre quiere saber si a los padres, al padre o a la madre, le queda otro niño, que siga siendo la luz de cada mañana. Él asume que lo ocurrido fue una página negra por la que ya ha pagado bastante y que permanece ahí, presente, aunque «hay que tirar para adelante». Algún gen de Manolo le impulsa a caminar. A pesar de las desgracias, una mañana de sol es un gran regalo.