Los Secretos sin suspense

X.?V.?G.

FERROL

Ni alardes ni reinvenciones musicales, el histórico grupo de los 80 conquistó al público con sus canciones de siempre

24 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

No hay nada nuevo bajo el sol, o más bien bajo la luna veraniega que observa los conciertos de la plaza de Armas. Fueron Los Secretos sin enigmas ni jeroglíficos, con las cartas desveladas y extendidas sobre la mesa. Dice la presentación del recopilatorio Los Secretos 30 años que «las buenas canciones perduran en el tiempo», y a eso vinieron a Ferrol, a tocar sus buenas canciones. Con letras que no hablan de «las toallas de la playa», como dijo Álvaro Urquijo en su entrevista a La Voz, sino de algo de lo que es «más fácil tirar» para componer, de «sentimientos profundos, universales».

Los Secretos se autoauparon sobre la Movida Madrileña para aterrizar, sin salir del tinglado capitalino, en la Nueva Ola Madrileña. Ayer se elevaron sobre el numeroso público de la plaza de Armas con sus armas de los últimos 30 años.

No podrán presumir del carácter inquieto y el gusto por reinventarse, a veces hasta rozar la frontera de lo soportable, de Santiago Auserón, un artista original al que se ama o se detesta sin más, pero sí pueden jactarse de darle al personal lo que le gusta. Nada de estrenar canciones ni de mezclar ritmos de castañuela con Shostakóvich. La receta del éxito de Los Secretos no tiene ídem, pero exige dedicación. Se trata de tocar los temas de siempre y de hacerlo como siempre.

Decirlo parece fácil, pero hacerlo no lo es en absoluto. Hasta tiene algo de un secreto, el de la eterna juventud. Los Secretos devuelven a los señores y señoras de 50 años a los tiempos en los que tenían 20, a sus primeros besos. Y todo ante la mirada un poco atónita de su hijos, que tampoco desprecian las canciones que tantas veces han escuchado canturreadas en boca de sus papás.

Eso es todo; y no es poco. Los Secretos llenaron la plaza de Armas, que a veces actúa como una desafortunada caja de resonancia, sobre todo en los laterales, y lograron animar más rápido al público que Santiago Auserón. No se anduvieron con chorradas. Con la segunda canción, la muy tarareada La calle del olvido, arrancaron aplausos de los espectadores, que ya entraron en la plaza con el grito de «¡guapo!» en la recámara, tanto ellas, mayores y jovencitas, como alguno de ellos.

Lo demás, perfectamente planificado para subrayar lo que quiere el público: escuchar sus canciones preferidas. Una iluminación simple y clara, centrada en Álvaro Urquijo (objetivo de los gritos de «¡guapo!»); un vestuario sencillo de vaqueros, camisetas y camisas desabrochadas. Al fin, Los Secretos. Supervivientes, como Auserón, desde los 80, pero con una receta completamente opuesta.