Cuando el talento se pone tutú

TEXTO: Beatriz Antón FOTO: José Pardo

FERROL

Estas dos mujeres han visto pasar los años de puntillas, contando historias con su cuerpo. Una lo ha hecho desde la enseñanza; la otra sobre el escenario

07 ago 2008 . Actualizado a las 14:25 h.

Marigel Fernández y su hija Paula se han pasado toda la vida con una mano en la barra. Haciendo pliés y développés , soñando historias de puntillas y expresando sentimientos sin necesidad de palabras. La madre explica que aprendió sus primeros pasos de danza «muy tarde», cuando tenía 13 años, y gracias a que no había forma de hacerla comer. «Es que, como no probaba bocado, mis padres me enviaron interna a un colegio de Valladolid, y fue allí donde pude dar mis primeras clases de ballet; en Ferrol, en aquella época, no había donde aprenderlo», explica Marigel rodeada de árboles y flores en villa Almary, la preciosa casa de campo que tiene en Cabanas.

Muy cerca de ella, con su pequeño bebé en el regazo -Carla tiene nueve meses y no deja de sonreir-, su hija Paula la escucha con atención. Permanece en silencio, disciplinada, mientras Marigel prosigue el relato de sus primeros pasos en el mundo del ballet. No interrumpe cuando su madre explica que, tras aquellas clases en Valladolid, llegaron los estudios de INEF en Madrid, los cursillos para aprender la esencia del ballet clásico y, ya de vuelta en Ferrol, sus primeras clases como profesora de danza.

Tras enseñar en varios locales, Marigel abrió la escuela Degás en la calle de la Tierra, donde cientos de niñas con sueños de Paulova aprendieron sus primeros pasos de ballet. «Si la escuela se mantuvo en pie con el paso de los años fue por dos razones: en primer lugar, porque siempre me mantuve fiel a mi manera de enseñar, a la importancia de tener disciplina; y en segundo lugar, porque me rodeé de gente muy buena», apunta Marigel.

Y es en este preciso momento, en el que el tema de la disciplina se cuela en la conversación, cuando Paula abandona el silencio. Ella -siempre tan constante, tan exigente consigo misma- piensa, como su madre, que hoy en día existe una cierta «relajación» en la enseñanza. «No nos damos cuenta de que la disciplina es importante para aprender, pero también para el resto de facetas de nuestra vida», dice la hija mayor de Marigel.

Sin embargo, de pequeña, Paula nunca imaginó que ese tesón le haría llegar a donde hoy está: «Mi madre y otras profesoras me decían que era buena, que tenía que dedicarme en serio a esto, pero yo no me lo acaba de creer».

Por eso, cuando a los 17 años se marchó a Madrid para seguir formándose, Paula no quiso reducir su vida al ballet. Se matriculó en Filología Francesa y, durante dos años, compaginó los tutús y las mallas con los libros. Pero a los 19 años le llegó su gran oportunidad: en 1991 el prestigioso coreógrafo francés Maurice Béjart celebró audiciones por todo el mundo, y la ferrolana, junto a solo otras 24 personas en el planeta, fue seleccionada para entrar en su compañía. «Era una persona muy cultivada, casi un filósofo, y para mí fue como un abuelo», dice la bailarina del coreógrafo que revolucionó el ballet moderno.

Después le llovieron los contratos en Alemania, en Portugal y, por fin, hace cinco años, en Francia, donde Paula es primera bailarina del Ballet de la Ópera de Niza. Y donde comparte su vida, además, con otro bailarín, el francés Hervé Ilari.

Se acerca el final de este particular pas de deux entre madre e hija, y entonces afloran los elogios. Marigel dice que lo que más admira de Paula es que «tiene un estilo muy personal», y que, además de técnica, «sabe transmitir». Al instante su hija le devuelve las flores: «Si tengo un estilo personal es gracias a mi madre; ella me enseñó a utilizar mi diferencia de forma inteligente».

Poco antes del adiós, Paula cuenta que la próxima vez que bailará sobre el escenario será en El sombrero de tres picos , en Niza, cuando septiembre se plante en el calendario. ¿Estará allí Marigel? «¡Por supuesto! Claro que estaré».