Entre peines, tijeras y bigudíes

FERROL

Son como el día y la noche. Ella es «eléctrica» y «arriesgada»; él, «pausado» y «menos atrevido». Eso sí, los dos aman su profesión: poner guapa a la gente

27 abr 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Quienes la conocen dicen que es una «curranta nata». Y, después de escuchar su historia, una concluye que no les falta razón. Con 24 años, sin apenas dinero, con una hija pequeña y «preñada del pequeño», Encarna García Mera se propuso ser peluquera. «Empecé como todo el mundo: lavando cabezas y haciendo de todo un poco», recuerda ella dando cuerda atrás a la memoria.

Después de aquel primer empleo -«fue en la peluquería Londres, en la calle del Sol»-, Encarna pensó que lo mejor que podía hacer era prepararse, así que se matriculó en la escuela de Henri Colomer en A Coruña. Y volvió a demostrar que, a pesar de los pesares, nada podía pararla: «Cogía el Ideal en la plaza de España a las seis de la mañana, para ir a la academia, y por las tardes trabajaba de clandestina para conseguir el dinero con el que al día siguiente me pagaba el bus y la comida». Ella reconoce que eso de trabajar de forma «clandestina» no estaba del todo bien, ni tampoco era legal, pero lo justifica. «Si eres pobre, no te queda otra salida», dice encogiendo los hombros.

Después de aquellos comienzos difíciles, a Encarna las cosas empezaron a irle bien. Primero abrió dos peluquerías en Narón y después dio el salto a Ferrol para inaugurar Saudade en plena calle Real, donde se hizo con muchos y muy fieles clientes. Por aquel entonces, su hijo Jose ya merodeaba por la peluquería. «Nací entre tubos y bigudíes, así que puedo decir que llevo esto en la sangre», explica sonriente.

Con doce años, el hijo pequeño de Encarna lavaba las cabezas de las clientas de Saudade para sacarse «un dinerillo» y, con quince, ya se atrevía a hacerles crestas a sus amigos. Sin embargo, entonces todavía no imaginaba que en un futuro haría del peine y las tijeras su medio de vida. «La decisión llegó mas tarde, cuando tenía 17 años; no me gustaba estudiar y me di cuenta de que la peluquería sí era algo que me atraía», explica mientras acaricia suavemente a Truco, un precioso boxer de siete años y pelo color de miel.

En sus comienzos, José siguió las huellas de su madre y estudió en la misma academia coruñesa en la que lo había hecho ella. Muchos tal vez piensen que tuvo las cosas más fáciles, porque enseguida empezó a trabajar con Encarna, pero él asegura que no fue así. «Por ser hijo de quien era, tuve que demostrar que valía mucho más que los demás».

De su madre -una mujer emprendedora, que además de las que abrió en Ferrol, también tuvo peluquerías en A Coruña, Santiago y hasta Marbella- admira muchas cosas. Sobre todo, que es «muy arriesgada», «valiente» y que nunca le ha importado «el qué dirán».

Ella -que a sus 61 años sueña con viajar por el mundo a lomos de su Yamaha y en su caravana- también siente admiración por él. «Es muy perfeccionista... Y muy buena gente», dice orgullosa. Y, aunque son muy diferentes, los dos comparten un lema, que Encarna recita como si fuera una oración: «La moda perece, pero el estilo permanece».