La vida bajo la carpa del Coliseo

Beatriz Antón beatriz.anton@lavoz.es

FERROL

En el polígono de A Gándara se ha instalado estos días una singular y pequeña ciudad rodante. La compañía del Circo Coliseo ha desembarcado en nuestra comarca con su carpa de rayas blancas y azules, sus trajes de lentejuelas, sus tigres de Bengala y sus malabaristas. Pero antes de la función, cuando las luces todavía no se han encendido, en el pequeño mundo del Coliseo palpita otra vida. La que ven pasar a diario las 60 personas que trabajan en esta fábrica de sueños ambulante. Roland Folloni , un simpático italiano de pelo rubio y ojos azules, es uno de ellos. Con él y su «pequeño» Dumbo -un elefante de 21 años al que cuida desde que tenía dos- me topé ayer al mediodía en A Gándara, pocas horas antes de que comenzase la función de las cinco. Hablando con él empecé a darme cuenta de que esto del circo es algo que se lleva en las venas. Roland nunca tuvo que decidir qué sería de mayor, porque siempre tuvo claro que su destino estaba en el circo. Su abuelo era domador de fieras; su madre, equilibrista; uno de sus hermanos se hizo malabarista... Y él no iba a ser menos. «Mi tío trabajaba con elefantes y observándolo y viendo cómo actuaba, aprendí todo lo necesario para ser domador de elefantes», me explica mientras da de comer a Dumbo . También me cuenta que lleva cuatro años en el circo Coliseo, donde vive con su mujer y su pequeño bebé de cinco meses. Y que es un enamorado de la vida nómada. «¿Que si me gustaría vivir en una ciudad? No lo creo. A mí me encanta viajar», dice risueño. Antes de despedirnos me presenta a Candy , una cabra que se lleva a las mil maravillas con él y que también parece hacer migas con Dumbo .

El circo Coliseo es español, aunque bajo la carpa se pueden escuchar muchos más idiomas. «Hay artistas de este país, pero también de Italia, Portugal y Holanda», advierte el gerente, Francisco de la Torre . Él me explica que fue su abuelo, el domador de leones Marco Dyordyevch , quien fundó el negocio hace ya más de cien años en Canarias. «Mi familia se marchó después a la península, y de ahí se fue a Italia, donde me crié yo», cuenta De la Torre. Ya en España, Francisco puso en marcha el Coliseo, «el circo más moderno» de este país, según reza la publicidad. El gerente echa flores a su equipo y asegura que el suyo es uno de los pocos circos «que presenta todo lo que anuncia». Sé que hace algunos años el sector circense estuvo de capa caída, así que le pregunto si ahora goza de buena salud. «En esto no hay ni buenos ni malos momentos; lo importante es tener espectáculos de calidad y ahí es donde está el problema», dice muy serio De la Torre. ¿Y no es muy dura esta vida?, le pregunto llena de curiosidad: «Por supuesto que no, la gente está muy equivocada sobre la vida en el circo -dice tajante-; yo tengo una casa en Valencia y te puedo asegurar que me siento mucho más cómodo aquí que allí».

A pocos metros de la carpa central del Coliseo se encuentra el trailer de Thomas Dalton . Fuera está lloviendo y hace mucho frío, pero en la casa rodante de este trapecista portugués la cosa cambia. No le falta detalle. El suelo está enmoquetado, hay una cocina y una salita de estar muy bien equipadas... Haciendo gala de la famosa hospitalidad lusa, Thomas me invita a sentarme y enseguida me presenta a sus tres hijos: Melany , de 11 años; Iván , de 9; y Jess , de 7. Ellos son la causa de que se encuentre en España. «A lo largo de mi carrera he trabajado en muchos lugares, desde Chipre a Grecia, pasando por Francia, Alemania o Irlanda, pero allí no había escuelas en los circos y los niños tenían que estudiar por su cuenta», explica Thomas. En el Coliseo no es así. El circo dispone de un trailer-colegio en el que una profesora del Ministerio de Educación da clase a 14 muchachos. «Los niños no faltan ni un solo día a la escuela», advierte el trapecista. Thomas, como Roland, viene de una familia de artistas circenses. Su padre era payaso, y su madre, gimnasta. Por eso no extraña que sus hijos quieran seguir sus pasos. Melany hace ballet aéreo, con unas telas enrolladas en sus piernas, y sus hermanos están aprendiendo acrobacias. Los tres parecen admirar mucho a su padre. Se abrazan a él cuando llega la hora de hacerles la foto. Y se despiden de mí como me recibieron. Con una sonrisa. Yo les digo adiós y, mientras vuelvo al coche, casi sin darme cuenta, me pongo a tatarear aquella canción. Había una vez un circo/que alegraba siempre el corazón/lleno de color....