La Asociación Ferrolterra de Amigos do Ferrocarril expone en el Centro Carballo Calero una muestra que es un auténtico viaje por el lado mágico del mundo del tren
07 dic 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Bien pensado, es así. Si algo no se le podrá negar jamás al tren es que, al margen de todos los retrasos que haya podido sufrir, y a día de hoy todavía sufra -haciendo sufrir aun más a quienes viajan en él-, durante sus tránsitos sobre los por lo general simétricos raíles, pocos medios de transporte podrán comparársele a la hora de hacer soñar. Quizás el barco haya podido generar, sí, un volumen idéntico de imaginaciones, pero desde luego no ha hecho nacer muchas más.
Buena prueba de ello, de la emoción que los trenes siguen despertando cuando se convierten en maquetas, en antiguas fotografías, o en objetos conservados de otro tiempo y directamente en nostalgias diversas, son los sentimientos que despierta, entre el los visitantes, el recorrido por la exposición que estos días acoge el Centro Cultural Ricardo Carballo Calero, en el Inferniño. Una muestra que hasta el próximo día 15 puede visitarse en donde antaño estuvo el estadio Manuel Rivera, y con la que la Asociación Ferrolterra de Amigos do Ferrocarril abre las puertas de un auténtico viaje por el lado mágico del mundo del tren, sobre esos raíles que, especialmente en fechas como estas, suelen señalar, con caminos de hierro, por dónde queda el reino de los sueños.
Las piezas reunidas
El presidente de la Asociación Ferrolterra de Amigos do Ferrocarril, Manuel del Río Rey -que además es, por cierto, maquinista de tren-, mostraba ayer, con orgullo, las piezas que la entidad que él preside ha ido reuniendo a lo largo de los últimos años. Piezas entre las que hay desde un fragmento original de la primitiva vía que unió Ferrol con Betanzos («é aceiro moi bo, fundido en Bilbao no ano 1888 con licencia inglesa; aceiro do que chaman de 54 quilos, que quere dicir que ese era o peso por metro de raíl...»), hasta antiguos teléfonos, mecanismos para cambiar de dirección e incluso documentos originales que dan cuenta de la llegada a Galicia del tren. No faltan, tampoco, las gorras de los factores y jefes de estación. Gorras tanto de los ferrocarriles españoles como de los franceses. Unos ferrocarriles, estos últimos, que tanta literatura -y cine, desde luego, baste con recordar alguna de las más geniales interpretaciones de Burt Lancaster- han generado. Pero sin duda, entre las estrellas de la exposición brillan de manera muy especial, sobre todo ante los niños, las maquetas, con sus máquinas de tren, vagones, vías, puentes, montañas y ciudades en miniatura. ¿Quién no ha soñado alguna vez con tener un tren así...?
Lo cual no quita, claro está, que sean muchos los espectadores que también se detienen ante las viejas imágenes fotográficas, en las que aparece un mundo ferrovario que hoy ya sólo existe en los recuerdos, que es como decir en la nostaligia. Y a veces sólo en las brumas, siempre generosamente iluminadas, de la imaginación.
Una afición que crece
La muestra del Centro Cultural Carballo Calero, señalaban ayer los directivos de la Asociación Ferrolterra de Amigos do Ferrocarril, ha hecho que se incremente el número de socios de la entidad, que ya supera ampliamente el centenar de integrantes. Además de haber permitido algo que, en un mes como este, el de la Navidad, adquiere una especial significación: que varias generaciones de una misma familia, por lo general abuelos con sus nietos, compartan sus horas de ocio en torno a la memoria de unos y la ilusión de otros. La exposición -la entrada es gratuita- abre sus puertas, de lunes a sábado, entre las 11 y las 13 horas. Y los festivos, como ayer, en horario de mañana. «¡Que maravilla...!», exclamaba ayer un visitante, a mediodía, ante las maquetas. Y la verdad es que sí.