La saga de los maragatos

FRANCISCO VARELA

FERROL

19 may 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

A Toñito Blanco le encantaban las obras públicas porque le recordaba lo que costó conseguir el nuevo dique de Bazán. Incluso con 94 años, cuando apenas podía caminar, pedía alguno de sus hijos que lo llevase hasta Prioriño para ver la marcha del puerto exterior. Se acaba de morir con 96 años. Todavía a los 86 hacía sus pinitos al esquí en la estación de Vaqueira o se bañaba en la playa de Covas. Procedía de una familia maragata de las que se asentaron en Ferrol y As Pontes y forjaron los primeros negocios de ultramarinos de los que luego salieron otras empresas. Hizo también negocios en los astilleros, fue miembro de la Cámara de Comercio e integró muchas de aquellas comisiones de fuerzas vivas que acudían a Madrid a ver a Franco para pedirle cosas. En una ocasión, mientras los comisionados aguardaban en el Pardo, pasó la esposa del dictador. Toñito, tras los saludos de rigor (eran los años 60) y mientras otros no lograban romper la rigidez del momento, se arrancó con una picardía: «Oiga, está usted estupenda». El piropo que ya tiene su mérito dada la destinataria dio sus frutos y la comisión regresó con el dinero para terminar el Hospital General. Toñito estaba casado con Josefina Carballo Calero, la hermana del polígrafo ferrolano, oficial republicano en la Guerra Civil. Él luchaba en el bando franquista pero cuando acabó la contienda y supo que Ricardo se encontraba en peligro en manos de los vencedores movió Roma con Santiago para impedir que fuese fusilado. Y lo logró. Me lo contaba ya con 91, frente a unos camarones y un albariño frío. Delicado, alegre, leal y simpático introducía en los negocios ese punto de atracción que le abría puertas. Como sus antepasados de Castrillo de Polvazares.