La duquesa que todo lo donó

FERROL

Crónica | Nobles que dejaron huella en Ferrolterra Una muestra en el convento de Baltar permitió conocer a fondo la intensa vida de la Marquesa de San Sadurniño, que se enamoró de los parajes de la comarca

26 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

?aría de la Natividad Quindós y Villarreal, la última duquesa de la Conquista, marquesa de San Sadurniño, y camarera Mayor de la Reina, a quien muchos ferrolanos aún recuerdan ver en la comarca, (murió en 1953) nunca tuvo una vida feliz. Ella mismo lo indicó en unas memorias escritas a puño y letra, que se conservan en el convento de Baltar (Narón), en las que cuenta que la tragedia siempre marcó su existencia: se murieron muy pronto la mayoría de sus hermanos, su madre falleció cuando sólo tenía diez años, la familia de su esposo, Francisco de Asís Dávila Arias Matheu, también acumuló truculentas muertes, tuvo que exiliarse a Suiza llegada la Guerra Civil... Sin embargo, en estas cuartillas de pluma brillante también queda constancia de una vida rodeada de los grandes personajes de finales del XIX, sobre todo de la Corte, y de un esfuerzo constante en paliar los sinsabores de su existencia haciendo «obras para ser feliz cuando llegue la muerte», según ella mismo escribió. Muchas de ellas tienen que ver con la comarca. En Ferrolterra, la duquesa de la Conquista, procedente de una de las más nobles familias de España cuyos antepasados eran gallegos, poseía el pazo de San Sadurniño, en el que en 1904 almorzaba junto al rey Alfonso XIII en una visita a Ferrol. En esa misma casa, en 1922, murió su esposo. Poco más tarde, ella decidiría donar la vivienda a las hermanas de Cristo Rey, que fundaría un colegio. Para entonces, la duquesa se había enamorado ya de otro de sus pazos en la comarca, el de Baltar. Como ella cuenta, este lugar le sirvió «para reflexionar mucho». Tanto amor acumuló por esta casa que no sólo quiso que sus cenizas se enterrasen en la iglesia del pazo, sino que mandó construir unos sarcófagos para traer a sus antepasados. Sin embargo, una vez más, la bondad le llevó a donar, en 1910, esta casa a los misioneros Claretianos. Ahora son ellos los que la recuerdan como la gran mujer que fue.