El pueblo que vivía de la salazón

FERROL

FOTOS: JOSÉ PARDO

Reportaje | Una industria que fue clave en el municipio de Ares Hubo un tiempo en el que la fachada marítima aresana estaba ocupada por las fábricas que precedieron a las conserveras; lugares donde se ocupaban centenares de mujeres

19 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

?ntes de que las conserveras tuviesen su época de apogeo, la industria de la salazón traída a Galicia por los catalanes era la única manera de conservar el pescado y poder trasladarlo hasta los pueblos del interior galaico. Fueron muchas las poblaciones costeras donde, en los siglos XVIII y XIX, se pusieron en marcha las empresas donde se salaba el pescado. Buen ejemplo de ello es el municipio de Ares; en el que sus mayores todavía recuerdan una fachada marítima llena de industrias de salazón que daban trabajo a buena parte de la población femenina. El que sabe de esta industria es un jubilado aresano que tiene en su cabeza más historia que muchas enciclopedias. A él, que peina los ochenta, el apogeo de la salazón en Ares le cogió de bien pequeño. No por ello dejó de trabajar en ella: «Nos 50, aínda que a industria xa non estaba no mellor momento, eu lémbrome de ir traballar a ela para gañar algunha peseta, eu era un cativo». No le hace falta pensar demasiado para contar el proceso que se hacía en estas fábricas: «As mulleres eran as que o facían todo; chegaba a sardiña e había dúas ou tres mulleres preparadas para levala para dentro, despois limpábanas e metíanas no sal, ata que se tapaban coas pedras para que se conservara o peixe». De ahí, hasta Cariño Cuenta también este hombre que gran parte del pescado que se preparaba en Ares iba directo a varios distribuidores de Cariño: «A maioría do que aquí se traballaba ía para Cariño, pero iso foi ao final. Antes, eu aínda lembro de ir á estación de Franza a levar caixas de sardiña en salazón para Castela». Luego, haciendo memoria de los tiempos en los que el auge de la industria era total, cuenta una anécdota: «Cando foi a Gran Guerra Mundial, aquí había moitísima sardiña para tirar, desa que ía para abonar os campos e, finalmente, tivo que sair toda para afora, para dar de comer». Sus palabras se hacen más reales cuando uno acude a la zona del paseo marítimo: las fachadas en ruinas recuerdan el momento en el que cientos de mujeres preparaban los mejores frutos del mar.