PAISANAJE | O |
04 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.PERDIDO en la marabunta de las tumultuosas concentraciones de Izar Ferrol -la Bazán, para él, como para el resto de trabajadores-, Juan es uno más entre los 1.405 que apenas besando los cincuenta se va a ir a su casa. A mirar el cielo al levantarse. A pasar cerca del astillero pero ya sin permiso para pisarlo, ojo, instalación militar. Faltan unas semanas para que Juan se vea obligado a la reconversión. Antonio mata las horas entre la asociación de vecinos, el dominó y la quinta lectura del periódico, donde le saca punta a cualquier noticia. Víctima de la primera reconversión. Veinticinco años suma Ignacion tras la barra del bar. Las dos piernas operadas tres veces de varices. Descorcha una botella de champán mientras abre la carta que le dice que sí, que la Seguridad Social acepta su jubilación anticipada por motivos de salud. Por ese motivo brinda. Lo suyo fue un golpe de mala suerte, con cincuenta y muchos a la calle, sin reconversión. Al paro. Simple. Porque sí. De un plumazo Pablo se siente inútil en casa. Algo espantado, ojea los anuncios por palabras y maldice no tener treinta años menos para comerse el mundo ahora que se busca tanto «joven, con conocimientos de inglés e informática». Historias corrientes. Aburridos los cuatro, coincidirán en un punto durante los veinte próximos meses: la plaza de España. Paraíso de los (pre)jubilados, parados y expertos en obras de alta ingeniería. Tal vez ellos sí puedan verle el lado romántico, atractivo y lúdico a una obra que promete transformar el acceso a la ciudad. Pero hasta que ocurra, menudos trabajos de incordio para el resto, para esos «activos» del servicio general de empleo.