Crónica | Los trabajos previos al Corpus La villa celebra hoy su gran fiesta anual, con las calles alfombradas de flores, pero los vecinos llevan varios días viviendo con intensidad los preparativos
12 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?ntonio Vilasánchez abre el portalón de un garaje. Dentro, en penumbra, el suelo está cubierto de cajas repletas de flores de hortensia, clasificadas por colores: violeta, blanco, rosa... También hay pampillos, una especie de margarita muy amarilla, y flores del cardo con su hermoso tono lila y esas lágrimas que en algunos lugares llaman de San Juan porque crecen en los campos en junio y muchas otras variedades. Ese era el aspecto de garajes y patios de Ares estos últimos días. Así estaba, por ejemplo, el galpón de la casa de Keny, una vecina en cuyo hogar se guardaron más de 13.000 claveles. Era el proceso de acopio de flores y verde para preparar las alfombras florales que son el símbolo de la villa desde hace un cuarto de siglo. Todo comenzó cuando varios vecinos empezaron a preparar pequeños tramos de alfombra delante de sus hogares. Pronto la fiesta eclosionó y se cubría casi todo el centro histórico. Finalmente, como suele ocurrir, los aresanos encontraron el término medio y ahora se alfombra cada año un kilómetro de calle, no más. Quien explica la historia es Antonio, que preside la Asociación Alfombra Floral, encargada de pelearse con las administraciones y empresas privadas para reunir los 9.000 euros necesarios para celebrar el Corpus. Y si hace falta dinero, gente también. Es general la queja de que los jóvenes del pueblo no colaboran, pero de momento aún reside en Ares un ejército compuesto esencialmente por amas de casa de las calles María y Real que ponen al servicio del pueblo su destreza de años separando los petalos de los tallos y desgranando los distintos tipos de verde. Es una tarea que se realiza por grupos de vecinas que son sobre todo amigas. Grupos como el de Pilar, Paca y Keny que, junto con Antonio, mientras trabajan explican que el momento más animado es el sábado por la noche, la madrugada ya del domingo. Es entonces cuando el pueblo se echa literalmente a la calle para colocar la flor en la calzada (antes, unos vecinos con pulso firme habrán trazado los dibujos que sirven de base) o simplemente para mirar, pero todos se contagian de una dulce sensación festiva. Ares se acuesta hacia las seis de la madrugada del domingo rezando o cruzando los dedos para que una ráfaga de viento no se lleve todo su trabajo. Y duermen poco, porque sólo faltan unas horas para celebrar el Corpus. O para acudir a la Fiesta del Langostino, a la hora de comer, en el parque público.