Sí. Hasta los cabezas de lista pierden, por momentos, la cabeza. Son seres humanos, estos políticos. Acatarrados, como Marón; ojerosos, como Rodríguez; ansiosos de un pitillo rubio, como Erias. Cosas de la guerra, perdón, de la campaña. Sujetan, Erias y Marón, un fajo de papeles. «Esto lo hemos heredado del PSOE», «esto es por culpa del PP», «los datos hablan por sí solos», «mire, señora Marón», «ya le miro, señor Erias», «pues no me mire tanto». Rodríguez, al otro lado de la mesa, chasquea los dedos, y también quiere que le presten atención. Se la prestarán, pero tendrá que devolverla, porque aquí nadie regala nada, aunque, casi, casi, Erias se hace amigo suyo: hasta cuatro flores -«estoy de acuerdo con usted»- le ha enviado en apenas una hora. Es un mediometraje sin imágenes. Aquí, la imagen es la palabra, y se la pisan unos a otros, porque saben lo que vale un peine, un oyente, un voto indeciso. ¿Y lo que vale el pan, y el precio del peaje? Parece que también lo saben, aunque se les ve cómodos en el a-pa-sio-nan-te terreno de la macroeconomía. Así va transcurriendo el debate, entre Santiago y A Coruña o La Coruña, con Ferrol, Galicia o Galiza, entre Izar Fene y punta Langosteira. Sube la temperatura en el estudio. Erias se viste el traje de torero y ensaya una verónica: «A ver si se aclara, porque habla de democracia y luego me hace callar». Y a Marón, Marón y medio: «Pues yo también lo voy a interrumpir». Rodríguez, que ha puesto muchas caras y no quiere ser menos: «Demagoga, pero demagoga mala, ¡eh!». Fin, y las aguas vuelven a su cauce, porque había café en el estudio, pero nadie se atrevió a abusar del excitante.