Seguramente no sea aventurado decir que la mayor ilusión, y a la vez el mayor quebradero de cabeza de Pedro Molina Coll en los últimos ocho años haya sido la responsabilidad de poner en práctica el plan director del hospital Arquitecto Marcide. Efectivamente, durante los últimos dos años, a Molina le ha tocado lidiar con la necesidad de garantizar un servicio sanitario digno mientras disponía permanentemente de una planta menos. Hace unos meses, Molina esgrimió con orgullo una encuesta realizada por el Sergas según la cual los usuarios calificaban con un notable su estancia en el centro hospitalario. Aquí, el responsable del Marcide resaltó la importancia que tenía este hecho mientras el edificio estaba en obras. En su relación con los empleados, Molina aseveró en varias ocasiones que las puertas de su despacho permanecían «siempre abiertas» a los trabajadores del centro. Sin embargo, su posición intermedia entre las aspiraciones de los representantes sindicales y las imposiciones de la Consellería de Sanidade dificultaba los progresos en materia dotacional. Una y otra vez afirmaba Molina que él era el primero que estaría contento con la incorporación de más profesionales (la gran reclamación de la junta de personal en los últimos tiempos), pero las actuales listas de espera prueban que ese deseo está lejos de ser una realidad.