PAISANAJE | O |
05 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.A GEORGE no le darán una segunda oportunidad. Tiene que hacerlo bien a la primera porque no, no le darán una segunda oportunidad. Está apoyado en la barra de un bar. Su acento, portugués, le sale de una sonrisa grande como un mundo. Pide un tinto, corriente, de la casa. Luego cae otro. Se despide dando la mano a todos y soltando un «¡Felis ano!». A George, que es de Cabo Verde, nadie le dará una segunda oportunidad. Ni en Navidad. Ni en Año Nuevo. Ni en Reyes. Ni en Pascua. Su color, negro, es una barrera mental para muchos, los que le miran de reojo en el bar. Después del segundo vino, cae hoy un tercero, luego un cuarto. George está más contento. Da alegría verle. Entra la conductora de un bus urbano al que unos impresentables han arrojado decenas de huevos. Pide alguien que le ayuda a limpiar. Sólo se presta George. Se siente útil y vuelve más contento aún. Le sale la sonrisa de la cara. Ya no pide más. Se va. Nadie agradece. A George, que trabaja en la construcción y que antes fue minero, no habrá quien le dé una segunda oportunidad. Está allí, solo, al fondo de la barra. Mira a la gente pero la gente no le mira a él. Le han hecho falta cuatro semanas, una amplia sonrisa y un generosidad sincera para hacerse respetar. Mira al mundo a los ojos. Otros nunca pasarán por semejante jurado. Tampoco tendrán la cabeza alta. A George no se le dará una segunda oportunidad. Nunca podrá dar una voz más alta. Ni emborracharse. No se le ocurrirá dejar a deber una taza en el bar ni pedir un aumento de sueldo como otros. A Domingo P.M. ya le habían dado segundas y terceras oportunidades. Tenía una orden previa de alejamiento y permiso de armas. Terminó asesinando a su ex mujer el día 2. País...