Mis recuerdos del maestro

José González Collado

FERROL

A. J. G.

Perfil | Un artista excepcional

19 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

Conocí a Bello Piñeiro allá por el año de gracia de 1941,cuando yo apenas tenía 15 años. Alguien, que no recuerdo, me llevó a su casa de O Seixo. Embarcamos en una de las lanchas de pasaje que atravesaba la ría. La tarde era serena y el agua reflejaba el paisaje con gran nitidez, mientras la embarcación dejaba por popa una larga estela donde las gaviotas picoteaban. Sentí que se avecinaba la primavera. La casa del maestro estaba al final del muelle, subiendo a la derecha. Sus paredes tenían un color rosa, los cercos de puertas y ventanas eran de piedra, y el balcón y cancela de hierro colado estaban pintados de plata. Por la cancela se accedía al jardín, esté sobre la mar, y la beiramar, al fondo. Al final de la huerta había un pequeño mirador con el hermoso pino que -lo recuerdo claramente- daba paso a un sendero que bajaba a la ribera. La tierra del ribazo era de color dorado oscuro, que el maestro tanto usó para pintar, y que yo molí tantas veces con aquella piedra de mármol y aceite de linaza. Me impresionó entrar en la casa por el pequeño recibidor comunicado con el jardín, con la cocina y el salón-comedor, éste a la derecha; en la estancia había vitrinas con libros, otros muebles y al fondo, un gran aparador pleno de cerámicas de Sargadelos, fuentes, soperas, mambrúes bellamente decorados, tazas, platos..., cerámicas sobre las que tan sabiamente escribió. Un mundo antiguo La casa me produjo malestar. Era como entrar en un mundo antiguo, en un tiempo parado y pasado. Allí dentro parecía haber algo maligno que se aferraba a las cosas y las hacía morir. No ocurría cuando salíamos al jardín o entrábamos en el estudio, aquella larga y ancha galería iluminada por la luz del mediodía, llena de potingues, caballetes, cajas de pintura, pinceles, artefactos y libros. Allí todo semejaba cobrar vida. El estudio, en el primer piso, estaba sobre el jardín donde un camelio florecían tres tipos de camelias, de tres tonos diferentes: rojas, blancas y rosas. Detrás del hórreo rojo, en la maraña de árboles frutales las flores comenzaban a estallar y, más lejos, pinos oscuros contrastaban con castaños aún apenas sin hojas cerca de la beiramar. Sí. El ambiente interior de la casa no era bueno. Bello Piñeiro no era ni fue nunca feliz. Él, que prodigaba felicidad a los demás, sufría por falta de comprensión y respeto a su obra. Sufría por la falta de dinero para la compra de materiales, para los gastos particulares, y también por los robos constantes de sus libros, porcelanas, cuadros, dibujos, que desaparecían a cambio de olvidos alcohólicos. A veces, maldecía como sólo él podía hacerlo. Por la falta de amor de su madre, siempre en cama, consumiéndose y ordenando, como un sargento de vara, con su voz dulce y aflautada. La criada, que cuidaba a estos dos seres, era cariñosa, paciente, fiel y silenciosa. Nunca se la veía, pero estaba siempre allí. Y yo tengo de ella un dulce recuerdo. Pocos vieron a Bello Piñeiro pintar con aquella vivaz forma de «mirar las cosas». Las gafas a caballo de su nariz, oteando el transfondo del paisaje. -Mira, Collado. ¿Ves el color de la tierra a través de la hierba? ¿Cuántos verdes ves en el paisaje? Mira, Pepiño, no hagas como esos pintores domingueros, llamados de la escuela ferrolana, que sólo usan el amarillo limón y el verde esmeralda, y no saben para qué son los rojos, sienas, ocres pardos, y creen que el mar es azul. Él pintaba pausado, seguro. Surgían colores donde aparentemente no los había, dibujaba con ellos, triangulando, midiendo, poniendo cada cosa en su sitio. Sus pinceladas menudas eran puro sentimiento, grises alados, verde veronés, rosas, verdes azulados, amarillos de Nápoles agrisados, verdes misteriosos. Aprendía de él a ver de forma mágica el paisaje: Galicia después del atardecer cuando todo es misterio, al alba, con la niebla, en contraluz, del derecho y del revés. El cuadro Primavera tardó cuatro o cinco años en rematarlo, esperaba de un año a otro para continuarlo; y allí estaba todo su sentimiento de Galicia. Yo veía cómo repintaba las nubes, aportando materia y savia nueva con cada pincelada. Venían a visitarlo muchos personajes de toda Galicia, sobre todo galleguistas. También venían entre semana intrigantes, traficantes, cucos... que se llevaban algo. Conocía, y conozco, personajes que trafican con sus obras. Tienen colecciones de dibujos, aquellos que con su tintero de negro china, su pluma antigua y su bloc de notas dibujaba entre la espesura del monte bajo; yo transportaba su silla donde él se sentaba mientras yo, sobre una piedra o un tronco, pintaba con mi caja de acuarelas; yo tratando de imitarle y él enseñándome a defender mi personalidad. A veces, al llegar a casa y no encontrar al maestro, recibía las disculpas de su criada, Basilia, y yo partía a pintar solo. Otras, me hacía pasar y entonces era más doloroso; él lloraba y me contaba cosas, intimidades que sólo un amigo le cuenta a otro. Alguna de aquellas tardes, cuando íbamos por el camino de O Seixo a Mugardos para «ver el paisaje», paraba en una casa que tenía un balcón de «ramallo de laurel». Entraba, me hacía esperar fuera y al rato salía: sus ojos brillaban más; sus labios se zurcían y sus palabras eran más torpes; su andar, pesado y sus pensamientos, más melancólicos. Entonces se dirigía hacia la casa donde vivía aquella moza, ya canosa dama. Se sentaba y con la mirada lejana me aconsejaba que me casara joven, que tuviera hijos pronto para no encontrarme solo y viejo como él. Y así lo hice. Fueron tiempos negros, con aquel quasimodo maldito, medio enano y jorobado que hacía de secretario rondando su casa, ladronzuelo hasta el sueño, que se encargaba de vender sus cuadros y, si hacían cuentas, aún el maestro le debía dinero. Frente a su casa había un coleccionista que tenía la mejor serie de acuarelas de Don Felipe. Solía espiar al maestro por la ventana y, cuando lo veía pasar tambaleándose, lo seguía y le compraba lo mejor a cambio de casi nada. Dante los tendrá en algún lugar especial del Averno. Bello Piñeiro era paciente y generoso con la gente, excepto con Imeldo Corral. Simulaba que lo ignoraba, pero yo sabía la gran admiración que tenía por él. Le molestaba que pintara con tanta facilidad (aparente), mientras a él tanto dolor le costaba parir una obra de arte. Curiosamente, a Imeldo le ocurría otro tanto, a la inversa. Felipe e Imeldo se admiraban como dos viejos de la misma edad, del mismo terruño. Luchaban por el liderazgo. Los dos estudiaron en Madrid, amaban la misma tierra, ambos la pintaron, eran solteros, vivían con sus madres, eran hijos únicos, fueron enfermizos, aunque de distinta dolencia. Uno era extrovertido y el otro, uraño; Felipe enseñando lo que sabía, Imeldo guardando sus conocimientos avaramente; uno, generoso, el otro, tacaño; intelectual, Felipe, Imeldo, menos. Sé que se admiraban y se querían. Cuando Don Felipe murió, Imeldo quedó solo. Yo estaba lejos, la distancia no menguó mi dolor. José González Collado es pintor