?l cabildo del Juan Cardona, órgano máximo de dirección del centro y también del refugio, ha gestionado un ayuda económica para reformarlo por completo. Se pretende dotarlo de un autoservicio de comidas. El albergue ferrolano, uno de los más grandes de Galicia, se financia con ayudas municipales, de la Diputación, Xunta y de muchos particulares. La gran mayoría de los acogidos son hombres. Por ello, el 98% de las plazas son masculinas. Se reservan cuatro o cinco para mujeres y, generalmente, quedan desocupadas muchas noches. El refugio ofrece cena, cama y desayuno. ?ay noches que el refugio de Caranza, en el sótano del hospital Juan Cardona, parece la ONU. Un ruso, varios portugueses, un alemán y muchos españoles. «Los tenemos de todas partes», dice Amparo Borraz, la superiora de la orden de la Caridad que gestiona el centro de acogida de personas sin hogar. Este overbooking obliga, como el pasado jueves, a pedir ayuda a la policía: las 42 plazas estaban ya cubiertas pero había más gente que pedía una cama donde dormir. Se montó un pequeño follón que tuvo que ser aplacado. El retrato de nuestros desheredados ha cambiado. Con aquellos vagabundos que las ordenanzas municipales y Cáritas bautizaron con el nombre de transeúntes , porque andan de un albergue a otro, aparecen los nuevos pobles del siglo XXI. Un hombre que deja su hogar, acaba sin trabajo y con problemas de alcohol. Es el pobre de solemnidad de nuestros días que, por supuesto, no permite que el fotógrafo lo retrate en un lugar como éste. Los técnicos de Cáritas aseguran que con estos casos conviene actuar rápido porque, de lo contrario, se acaba en el laberinto del transeúnte, de un lugar para otro, porque, generalmente, en los albergues no se les permite trasnochar más de tres o cuatro días. Aún así, Amparo Borraz y el voluntario que los ayuda, sugieren que, al menos en tres casos de ahora, están consiguiendo reintegrarlos al mundo laboral, aprovechando el tirón de la construcción en el barrio de Esteiro. Son hombres que ocultan que viven en el refugio porque también se ha dado el caso de que el patrón, al enterarse de donde residen, los despide. Para ellos, el refugio cambia la norma y permite que residan largos períodos de tiempo, en aras de su reinserción social. La religiosa encargada también colabora con familias que buscan a alguien que ha abandonado su casa : «Hemos conseguido cosas muy bonitas», dice Amparo.