Maternidad

MIGUEL ÁNGEL SOUTO

FERROL

DIQUE DE ABRIGO | O |

30 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

HOSPITAL MARCIDE. Doce de la mañana de ayer. Planta de Pediatría; impecable, moderna, recién estrenada. Es el lugar en el que se abren a la vida los niños de toda esta comarca (más de mil partos al año). Y hoy, como cualquier otro día, reúne a un hervidero de familiares, de caras felices, abuelos con sonrisa de niño y padres primerizos que pasan de ser un manojo de nervios a mostrar la más alegre cara de responsabilidad. Pero una sombra rompe fugaz la alegría, aunque pocos se dan cuenta. En el pasillo donde unos y otros se felicitan y se comentan las incidencias de los partos, entra un hombre con semblante serio. Más serio aún que de costumbre. Un conocido que acaba de ser tío le saluda en el pasillo. Inevitablemente, le cuenta lo precioso que es su sobrino y lo bien que ha ido todo. El otro, serio, escucha, sonriendo cortésmente con los labios, pero los ojos delatan que algo va mal. «Yo también he tenido una nieta esta mañana -dice-, pero hay problemas; todavía no sabemos si vivirá». El feliz tío, consternado, le da un pequeño abrazo de ánimo antes de verlo marchar, cabizbajo. En ese pasillo siguen las felicitaciones. Los pediatras explican a las familias entusiasmadas; los móviles suenan a enhorabuena. Pero, al fondo, en el lugar más discreto, tres médicos hablan con el hombre serio. Ahora los pediatras también lo están. La otra cara de la moneda. Ese abuelo que teme por la vida de su nieta es un hombre bueno, querido, gran profesional y poderoso en el mundo sanitario, pero el poder humano apenas puede nada cuando la naturaleza se pone tozuda. Es lo poco que separa la felicidad del abatimiento. Y, en medio, los profesionales del Marcide, que cada día hacen lo que está en su mano para que siempre triunfe la vida.