CONTRAPUNTO | O |
02 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EN UNA SOCIEDAD escasamente penetrada por los problemas de extranjeros como la ferrolana los gitanos son nuestros moros, nuestros negros. A veces se olvida que en el entorno de la ciudad habitan más de un millar de conciudadanos pertenecientes a esta étnia. Por eso cobran interés las jornadas que se inician hoy en la Politécnica de Serantes. El balance de las políticas de integración de los gitanos durante los últimos 30 años en Ferrolterra está trufado de buenas intenciones y también de incontables fracasos. La metáfora de la ilusión perdida está en el barrio Modeluno (vocablo que significa modelo, en caló). Es un grupo de casitas levantado en el valle de Leixa para los calés por iniciativa de un sacerdote hace tres décadas. Quería ser el ejemplo, pero el cura ha dejado el lugar a los policías antidroga. Es la cruz de la moneda, porque la cara la forman las decenas de familias gitanas que habitan en barrios como Caranza al lado de las que no lo son, sin roce alguno. La lucha por la escolarización tiene su límite: ningún joven gitano ferrolano ha entrado en la Universidad, todavía. Estos años, de la mano de la heroína, han visto también nacer la serpiente del racismo. Por ello es buen momento para hablar de todo ello en Serantes.