TRIBUNA | O |
09 jul 2003 . Actualizado a las 07:00 h.EL ANUNCIO de la próxima visita a nuestro puerto del buque escuela chileno Esmeralda ha generado, al igual que las otras tres veces que nos visitó, opiniones a favor y en contra. Este buque, que es todo un símbolo de la marina chilena, lleva el nombre de una fragata de igual denominación tomada a los españoles en los primeros días de la guerra de la independencia y que fue, por tanto, el primer buque de la nueva marina republicana, tiene para otro sector de la población una simbología bien distinta. Y si desde luego a ningún descerebrado se le ocurriría no encender la luz, porque con la electricidad se ha torturado, creo que ni siquiera los más críticos pretenderían desguazar el navío por lo que en él ocurrió. Sin embargo, la visita tiene otras connotaciones, que para los que conocemos y queremos a Chile, no pueden pasar desapercibidas. Los militares chilenos forman una institución que, faltando a todo aquello que juraron defender, provocaron una tragedia colectiva que todavía hoy colea en los miles de familias que viven con los pies aquí y el corazón allá, y en los hijos del exilio que ya han sufrido una pérdida de identidad. Algunos de estos militares, que participaron en la represión, todavía hoy conservan puestos de mando en este colectivo, que ni siquiera accede a entregar los cadáveres de los que hicieron desaparecer. La Dama Blanca es el símbolo también de todo eso, y oponerse a sus visitas es rechazar tanto aquella barbarie, felizmente pasada, como la prepotencia actual. Otros países europeos han comprendido esto, e impidieron el atraque en sus puertos. Otros, como España, Alemania o Reino Unido, no; pero claro, los tres están intentando vender fragatas a la armada chilena.