LA GÁRGOLA | O |
07 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.A VECES, todo es cuestión de segundos, de suerte, de puro azar. Son golpes de timón inesperados los que son capaces de girar una existencia, o muchas, a mejor o a peor. No valen estadísticas. Ni encuestas. Ni intenciones. El destino amaga y le devuelve la vida a alguien en forma de hígado trasplantado. La suerte se disfraza de ola y le echa un capote a cuatro cedeireses perdidos en el mar. El azar toma cuerpo de cupón y le planta una estocada de alegría a alguien... Muchas veces, todo es cuestión de estar en el momento adecuado en el sitio justo. Y ya está. Pero no siempre es así. En ocasiones se le achacan al destino faenas en las que no ha toreado. Cuando alguien se muere en un andamio porque trabajaba en malas condiciones, no es mala suerte. Si un chaval se destroza la existencia por querer imitar a Fitipaldi, no es el destino. Las fosas que ocupan las mujeres asesinadas a golpes no son una casualidad. Las responsabilidades existen. Pululan por ahí. Las tiene el empresario que no garantiza la seguridad de sus empleados. También le cuelgan del cuello a los que se creen que conducen coches de vídeoconsola y que siempre van a poder reiniciar la partida. Las responsabilidades le comen los ojos al tipejo que tan sólo sabe hablar la lengua de los malos tratos, esperando que el silencio sea para siempre su sucio cómplice. Cuando se siegan vidas en la carretera, cuando los lazos negros ondean por un trabajador, cuando una mujer ingresa en la UCI enferma de odio y molida a palos... cuando pasa todo eso no es una cuestión de mala suerte. Es un tremendo error, una canallada de la que muchos son culpables. Tenerlo presente puede ser una buena forma de intentar que no se repita.