LA GÁRGOLA | O |
01 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.NO HAY que buscar demasiado para encontrarse con un héroe. Puede que ahora mismo tenga alguno a su lado. Yo conozco a muchos, pero hay uno al que le tengo especial admiración. Sé lo suficiente de él como para poder decir que, como tantos, se levanta a las seis de la mañana toda la semana para encender los motores de su vida. Vaso de zumo, café negro, visual rápida al periódico... y al tajo. Horas, días, meses... años de dedicación para ganarse el pan se le van acumulando en una espalda que ya ha visto más de medio siglo. Como tantos, no tiene demasiado tiempo ni ganas para interesarse por los tejemenejes políticos. Prefiere no ir a mítines. El motivo, fundamentalmente, es que lo suelen pillar o trabajando o cansado de trabajar. Zanja con un «son todos iguales», y vía. Como tantas y tantos otros, está quemado con los políticos. No entiende, por ejemplo, que las promesas se puedan incumplir con pasmosa facilidad. Le levanta dolor de cabeza pensar en guerras entre partidos a los que no está afiliado. Y nadie se lo puede reprochar. Es un héroe. Anónimo, pero un héroe. Solucionar mil millones de problemas cotidianos día tras día, dar el callo y apostar por salir adelante en años negros lo convierten en un súperhombre. Como tantos. Las nuevas corporaciones que van a formarse en breve tienen la oportunidad de recompensarlo. No hace falta homenaje público, ni placa, ni nada. Sólo que los políticos cumplan con su obligación. Facilitarle las cosas, hacerle la vida más cómoda y abrirle balcones al futuro es su obligación. Se lo deben. Si logran que nuestro anónimo amigo deje de insistir en que «son todos iguales», seguro que la cosa habrá mejorado.