DE VIAJE | O |
09 abr 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ESTA GUERRA tiene algo de dimensión planetaria, porque las bombas caen en Bagdad, pero su eco retumba con estrépito en los rincones de (casi) todas las conciencias. Creemos que Irak nos pilla lejos y, en estas, un militar americano aprieta el botón de la muerte y acierta de lleno en el corazón de Ferrol. Insólito, aunque más que puntería o cosa de meigas, es salvajismo impune. La metralla de este absurdo le arrebata el aliento al periodista ferrolano y sobrecoge a la ciudad. Hace semanas que la gente manifestó aquí muy claramente su postura. Lo sigue haciendo cada día. Pero estas cosas hacen el conflicto más cercano. Proyectan una síntesis cruelmente acertada del drama. Nos sirven un ejemplo, de primera mano, de lo que conlleva ese ataque miserable. Se pregunta uno, a tal punto, cómo es que José Couto, y tantos otros, vuelven a casa con los pies por delante mientras en Irak no hay el primer rastro de esas armas de infinito poder destructivo que amenazaban la seguridad del mundo entero, y si nos descuidamos, de toda la galaxia. La respuesta no puede ser más que una: que los promotores de esta guerra, que ahora expresan sus condolencias por lo de José y mañana sonreirán en la foto junto al sumo sacerdote del eje del bien (cómo será el eje del mal), han perdido totalmente el norte. Y también la capacidad sensorial: están ciegos ante unas consecuencias evidentes, hoy más visibles. Sordos ante un clamor incesante, hoy más rotundo. Mudos ante un abuso imperialista, hoy más indignante. Sin tacto ante tragedias infames, hoy más próximas. Y sin gusto... obviamente. Ferrol grita que no a esto, que no en su nombre. Pero pierde a uno de los suyos.