Ana Molins de Sas vive volcada en la lucha contra los malos tratos. Ya ha visto «de todo». Y dice que ante la violencia no se puede bajar la guardia jamás.
28 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Su labor como psicóloga le ha hecho acumular una larga experiencia en torno a todo tipo de casos de violencia doméstica. Si las paredes de su despacho hablasen, probablemente quien escuchase sus ecos podría encontrar una nueva definición del horror. Aunque tal vez no le quedasen fuerzas ni para abrir la boca. -¿Qué sucede con el fenómeno de los malos tratos? Porque lo que estamos viendo estos días es para alarmar a cualquiera... -¿Te refieres a la posibilidad de que se estén incrementando? -Sí. -Mira, siempre hubo violencia doméstica. Lo que pasa es que no atraía tanta atención mediática, porque la sociedad era mucho más permisiva con esas conductas agresivas. -¿Permisiva...? -Permisiva, sí. Ahora es cuando por fin puede denunciarse lo que pasa. La justicia toma cartas en el asunto. Hoy, gracias a Dios, nos movemos en un contexto diferente. -Pero a pesar de ese cambio de contexto, la situación sigue siendo preocupante. -Porque es que la sociedad, por desgracia, no evoluciona con la misma decisión que la ciencia o la tecnología. En el fondo, cambiar los patrones de comportamiento de las personas es muy difícil. Y, para complicarlo todo aún más, estamos viviendo un momento en el que la forma de pensar y los valores morales están cambiando... para mal. A mí me preocupan mucho los niños. Porque tenemos que enseñarles a distinguir lo que es bueno de lo que es malo. Y nuestra sociedad cada vez deja más difuminado el límite entre ambos conceptos. -Vivimos en un mundo agresivo. -Desde luego. En un mundo en donde existe una competitividad insana. Resulta tan, tan insana, que es que ya competimos hasta con nosotros mismos. Cada vez nos exigimos más. Pero dejamos de lado lo que realmente es fundamental, como la educación de los niños, a la que antes me refería. -¿Qué habría que hacer para mejorar esa educación? -En principio, cuando se trata de niños pequeños, controlar mucho la información que reciben. A los ocho o nueve años no pueden estar viendo cadáveres destrozados en la tele ni utilizar videojuegos en los que todo son peleas y matanzas. Porque es que esos niños actúan como receptores, y absorben lo que ven. Desgraciadamente, se les están inculcando patrones de comportamiento muy negativos. -Pero dígame, entonces: ¿cómo se puede romper esa dinámica? -Pues, además de filtrando los mensajes que les llegan a los escolares, inculcándoles una mayor sensibilidad. ¿Cómo puedes evitar que un niño llegue a ser, de adulto, un maltratador...? ¡Pues lo primero, obviamente, es que no vea malos tratos en su casa! Y no hay un solo tipo de maltrato. -¿...? -Existe el maltrato físico, que es terrible. Pero quizás el maltrato psicológico sea el más duro, porque es el que destruye a una persona. El dolor, me han dicho muchas de las mujeres que he tratado yo, puede acabar pasando. Pero el daño moral graba sus huellas de forma muy profunda. -¿Podría explicármelo? -Verás: la degradación te destruye. Eso lo saben muy bien las personas que la padecen. Es algo que te arrastra, algo de lo que después resulta muy difícil salir. Además, el maltrato psicológico es muy difícil de demostrar judicialmente. ¿Cómo demostrar que tu marido te ha ido separando de las personas que querías, que golpea al perro o destroza los muebles delante de ti para amenazarte, que te trata como si fueses una propiedad suya, que tiene unos celos enfermizos, que te insulta, que te impide salir de casa, que...? -¿Hay un perfil del maltratador? -Por supuesto. Son personas que se creen superiores a sus víctimas, que fuera de casa tienden a mostrarse encantadores, aunque si los observas ves que todo es demasiado superficial y que no tienen verdaderos amigos. Llaman a sus mujeres veinte veces al día para saber dónde están. Si ellas tienen que ir a algún sitio, las esperan fuera para saber qué hacen. Y son hombres incapaces de controlar su ira. En muchos casos, también tienen problemas con el alcohol o con las drogas. Además, la celotipia es una constante en ellos. -¿Qué es la celotipia? -Los celos que te decía, pero convertidos en una patología. Y no vayas a pensar que tienen nada que ver con el amor, ¿eh? Esos celos desmedidos, sin fundamento, no tienen nada en común con el afecto, sino con algo muy distinto: el afán de posesión. Ellos sienten que la mujer es propiedad suya. Y la golpean porque es débil. ¡Verás cómo no golpean a personas de dos metros de altura y 120 kilos de peso! No. Le pegan a su mujer. Y algunos después hasta lloran, y dicen que están muy arrepentidos, que le dieron un puñetazo porque ella los puso nerviosos... Pero es el principio. A continuación golpean por cualquier cosa, siempre por razones diferentes. Y así se sienten bien. Para poner freno a eso, hay que denunciarlo. No cerrar los ojos. Si alguien ve un caso de violencia, debe llamar a la policía. Sólo así se corta lo que puede acabar en un asesinato. Los malos tratos existen porque la nuestra es una sociedad violenta.