Horas y horas de patrulla en carretera dan para mucho. Los agentes de Tráfico no se ponen el buzo, pero casi. La penúltima anécdota la vivieron cuando, forzados por las circunstancias, dejaron de lado el control de la velocidad en la A-9 para auxiliar a un desesperado conductor que peleaba con el motor de su furgoneta. «No es nada, sólo una avería», contestó el buen hombre cuando vio aproximarse a una pareja de la Guardia Civil. Temblaba. «Ya viene ahora un compañero a recogerme. Tardaremos algo de tiempo mientras descargamos las maletas de un coche a otro», explicó. Dicho y hecho. En cuanto llegó el vehículo de auxilio, eran cuatro en las tareas. Los dos colegas de trabajo, y la pareja de la Guardia Civil. «A veces se nos presentan situaciones así. ¿No dicen que estamos para asistir a los conductores? Pues eso», explicaban los agentes. Pelear con un perro, de todas formas, escapa a toda rutina. Pero, hace aproximadamente un mes y medio, se dio una curiosa situación. Dos guardias regulaban el tráfico en el cruce de Fene cuando comenzaba a anochecer. De pronto, un vehículo comenzó a realizar maniobras extrañas. Se cambiaba de carril sin señalizar, invadía el contrario, forzaba cambios bruscos de velocidad... y, de repente, se paró. Allá fueron los agentes, que contemplaron cómo en el interior del vehículo yacía dormido el conductor. La primera sospecha fue que conducía bajo los efectos del alcohol, pero dentro del coche no olía a restos de bebidas. Había que auxiliar al hombre, pero su acompañante, un enorme perro, impedía cualquier aproximación a su dueño. A grandes males, grandes remedios: uno de los agentes se protegió con un guante, soportó los mordiscos del can y consiguió sacar al hombre del coche para llevarlo al hospital. «Le había dado una bajada de azúcar», recordaba uno de los implicados.