Medio millar de personas celebraron ayer en As Pontes las bodas de plata de A Magdalena, el primer colegio del municipio Una maqueta confeccionada por los alumnos en el curso 1982-83 ayuda a conocer los entresijos del colegio pontés de A Magdalena en aquella época. Las más de quinientas personas que acudieron a celebrar el 25 aniversario de la fundación del centro ayudan a entender la importancia que tuvo, tiene y tendrá el primer núcleo de enseñanza del municipio para los más de mil alumnos que pasaron por sus aulas.
17 jun 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Guillermo y Mari Luz rondan ahora los cuarenta años. Pertenecen a una de las primeras promociones que estudió en A Magdalena, la del 75-76. Desde entonces ha llovido mucho, pero tienen una cosa muy clara. El colegio fue su primer y único centro de relaciones sociales en aquellos años. «Las comunicaciones no eran como ahora. Este era un colegio rural, nuestras casas podían estar próximas en distancia real, pero muy lejanas para poder mantener una relación estrecha». Mari Luz interrumpe a Guillermo: «Cogíamos el autobús a primera hora de la mañana y no regresábamos a casa hasta bien entrada la noche». El colegio fue especialmente importante para ellos, y por eso se sumaron al homenaje que todos tributaron a unas aulas que les vieron crecer. Una segunda mujer se une al grupo. Entre los tres recuerdan al menos a tres de las profesoras que comenzaron a trabajar cuando el centro pontés abrió sus puertas, y que todavía hoy continúan en él: Marité, Marisa y Pacita. Los corrillos Entrar ayer por la mañana en el hall de A Magdalena ofrecía una panorámica singular. Las personas que allí se concentraban en corrilos no parecían alumnos. De vez en cuando había algún que otro conato de conversación entre dos grupos distintos. «¿Qué tal?», preguntaba una mujer. «Por aquí, recordando viejos tiempos», le respondía otra señora entrada en años mientras observaba una de las veinticinco orlas que colgaban de las paredes. Pero la celebración de unas inmerojables bodas de plata no acabó aquí. Los trabajos realizados por los alumnos adornaban todas y cada una de las salas existentes. Los más pequeños pusieron su granito de arena, y mantuvieron el tipo durante una jornada que tuvo su tiempo de descanso en una comida con 270 personas. Miguel, un profesor del centro que ahora reside en Asturias, no quiso perderse la fiesta, al igual que una colega suya de Suiza.