Vanesa Iglesias se llevó un buen susto cuando se quedó ciega del ojo izquierdo. Fue una pérdida de visión temporal, a la que luego seguirían otros episodios similares. Más tarde se enteraría de que era el modo en el que le afectaban los brotes de la esclerosis múltiple que padece. Sin embargo no le sorprendió el diagnóstico. Lo recibió en 2013. «Me lo esperaba. Yo conocía la enfermedad por mi padrino, que además la tuvo muy fuerte y se lo llevó en apenas quince años». A pesar de esa certeza, Vanesa se desmoronó. «No fue justo al principio, sino cuando empecé a asimilarlo interiormente. Vino la etapa del bajón. Empecé a preguntarme qué secuelas tendría y si me quedaría ciega. Incluso llegue a plantearme empezar a estudiar el sistema Braille», recuerda.
Sin embargo, cuando en la mutua laboral le ofrecieron la incapacidad , esta ourensana de 35 años la rechazó. «Les dije que de ninguna manera; que yo no quería incapacitarme. Yo quiero seguir trabajando, aunque soy consciente de que algún día tendré que cogerla». Hoy sigue en el mismo almacén textil, aunque en un puesto más tranquilo, y ocupándose, como cualquier madre de familia -tiene una hija de 11 años-, de mil cosas desde que sale. «Me levanto a las 5.45 de la mañana, salgo del trabajo a las 15.15 y llego a mi casa a las 15.45. Como, hago la compra y el resto de cosas de las que hay que ocupase en una familia como cualquiera, solo que yo tengo esclerosis múltiple y tengo que adaptarme a eso», relata. Además de los problemas de visión y de la fatiga crónica asociada a la patología, Vanesa se resiente de sus extremidades inferiores. «A veces, sobre todo con el calor, es como si tuviera dos bloques de cemento», describe. Pero no se amilana. «Estoy contenta. Ahora tengo una medicación que me está haciendo mucho efecto». Su tratamiento es de segunda línea porque los de primera no lograban reducir los brotes. «Cada 28 días me ingresan, me hacen una analítica para saber si me lo pueden poner porque uno de los efectos secundarios que tiene es que provoca infecciones, y me vuelvo a mi vida hasta la siguiente. Da dolores de cabeza y estoy un par de días como en otro planeta, pero por lo demás bien» resume entre risas. La enfermedad le llevó a descubrir el deporte. «Yo era bastante vaga para el ejercicio, pero cuando me diagnosticaron me ponía en el gimnasio como una loca porque quería fortalecerme lo más posible. Me tuvieron que frenar. Ahora juego al pádel todos los fines de semana y voy a todas las andainas que puedo», cuenta.
El apoyo de los iguales
No fue el único descubrimiento al que le condujo su diagnóstico. Entró en Aodem, la Asociación Ourensana de Esclerosis Múltiple. «Con ellos aprendí a conocerme un poco más. He cambiado muchas cosas que hacía muy mal. Aprendí a ser un poco más tranquila, más relajada y a darle importancia a las cosas que de verdad la tienen». Sus compañeros de la asociación, con los que comparte un grupo de autoayuda y los talleres que organiza la entidad fueron, dice, buenos maestros. «Con ellos me encuentro muy bien porque no es lo mismo hablar de la enfermedad, e incluso bromear sobre ella como hacemos muchas veces, con alguien que también la sufre. El nivel de entendimiento es distinto a cuando cuentas como te sientes a alguien ajeno a la enfermedad», dice.