Lina Morgan-Karia Loritz, tan cerca y tan lejos

Una actriz racial, sin necesidad de presentación, la primera. Un exotismo en los sesenta, la segunda. Dos vidas muy distintas, también en su adiós... y en su papel en «Cine de barrio»


En este universo del cine y la farándula española que triunfaba en las últimas décadas del franquismo, todos sus personajes estaban muy relacionados, como revelaba, no sin cierto escándalo, Alfredo Landa en su biografía. Así, las hemerotecas nos recuerdan que incluso Lina Morgan y Katia Loritz llegaron a actuar juntas en obras de teatro como ¡Este y yo!. Y que compartían una gran amistad con Concha Velasco, aunque esta y Lina tuvieron también sus desencuentros (precisamente por la negativa constante de la cómica a acudir a Cine de barrio, presentado por la Velasco tras los primeros síntomas de Alzheimer de Carmen Sevilla) y reconciliación pública. En cualquier caso, Katia Loritz y la propietaria del Hostal Royal Manzanares  representan dos estilos muy diferentes, tanto a nivel profesional como vital.

Para reflejar la compleja personalidad de Lina Morgan, más allá de esa fachada risueña que proyectaba en sus actuaciones, el cronista social Josemi Rodríguez Sieiro recuerda lo que ésta le confesó en una ocasión: «Mi camerino de La Latina está pintado de amarillo, porque yo no soy supersticiosa y así me aseguro de que nadie me lo use». Lina murió esta semana sola tras haber dado la orden a su secretario, Daniel Pontes de que nadie la pudiese visitar en estos diez meses de convalecencia que precedieron a su fallecimiento. Un comportamiento que choca con la opinión que tiene de ella el padre Ángel, alma matér de la oenegé Mensajeros de la Paz y uno de los pocos amigos que le quedaban: «Es de ese tipo de personas que solo aparecen una vez en la vida, como Vicente Ferrer, Teresa de Calcuta... En el otro extremo, Concha Velasco asegura que, si murió sola, es «porque quiso».  Todo parece indicar que es así: después del óbito de sus hermanos más queridos, Lina Morgan fue acusada por algunos miembros de su familia de dejarlos apartados. Hace unos meses, cuando su salud comenzó a empeorar e incluso se difundió el clásico tuiter de que ya había fallecido, los rumores sobre su herencia ya amenazaban polémica.

Y precisamente sería Mensajeros por la Paz, según algunas fuentes, el destinatario de su fortuna, que oscila, según a quien se consulte, entre los ocho y los cuarenta millones de euros. Los paseos de familiares por los platós, como ya sucediera en tiempos, están servidos.

El adiós de Katia Loritz resulta más discreto. La actriz de origen suizo-aleman, que llegó a España en 1956, se retiró del cine a finales de los sesenta y solo volvió para hacer un papel en ul filme de Almodóvar: ¿Qué he hecho yo para mercer esto? (1984). Mientras Lina Morgan combinaba el éxito como empresaria en el teatro de La Latina y las series de televisión, con espectaculares audiencias (en 1996 La Voz publicaba que Hostal Royal Manzanares había tenido 4.600.000 de espectadores más que un partido del Dépor en la Recopa), Katia se volcaba por completo en su faceta de pintora, al abrigo, todo hay que decirlo, de la seguridad económica de estar casada con un empresario y aristócrata malagueño. De vez en cuando, se dejaba caer por el sofá de Cine de Barrio. El mismo en el que Lina Morgan se negaba a acomodarse, para enfado de Concha Velasco.

«¡Golfo, que nunca te pillo!»

Era una de las personas más divertida que he conocido en mi vida». Lo dice Arturo Fernández, compañero de Lina Morgan en varios filmes de los sesenta  y setenta y que esta semana ha estado en A Coruña con una función teatral. «Nos conocimos mucho antes del cine. Ella estaba contratada con la revista de Colsada. Era una cría, mucho más joven que yo», recuerda al periodista Javier Becerra. «Lo cierto es que era una chica muy atractiva y guapa. Tenía un dinamismo brutal y un movimiento de ojos tremendo. Luego tenía la sonrisa que tenía. Luego tenía un sentidos del humor tremendo. Se reía mucho de sí misma. No le importaba decir: 'Tu eres el amor de mi vida, golfo que no te pillo nunca'».

Entre los éxitos más importantes de la pareja se encuentran La tonta del bote (1970) y Esta que lo es (1974). Fernández señala que los mejores momentos venían en los ratos libres: «Ella era exactamente igual dentro que fuera del escenario y con cámara o sin cámara. Fuera, sin guion, cuando íbamos a comer, lo cierto es que te reías mucho con ella. Siempre estaba de broma. En el maquillaje era todo un espectáculo. A su lado no existía la palabra tristeza».

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