Unos cuantos sueños cumplidos en la ciudad dormida

¿160.000 euros es mucho? ¿Es poco? Varios de los premiados en la Lotería del Niño de 2014 que dejó en Monforte 120 millones hablan de lo que supuso el premio. Ninguno dejó de trabajar. Ni siquiera el que recibió 30 millones.


Hace un año y medio cayó sobre Monforte un diluvio inesperado. Sobre una población acostumbrada a ser cada día un poco menos que el día anterior se desparramaron 120 millones de euros por obra y gracia de la Lotería del Niño. Decenas de vecinos se vieron de la noche a la mañana con un décimo en el bolsillo que se podía canjear por 160.000 euros que, sin ser una cantidad para retirarse, tampoco es algo que se pueda despreciar: «No, no. Está claro que no me daba para dejar de trabajar», explica Manuel Vázquez, un operario de limpieza que trabaja como autónomo para el Ayuntamiento. «Fue una gran alegría que me dio la oportunidad de ver la vida de otra manera, pero nada más». 

Pese a que, efectivamente, Manuel ha tenido que seguir yendo a trabajar todos los días, lo cierto es que la lotería le permitió decir adiós a los extras que tenía que hacer muchos fines de semana para mantener saneada su economía. Algunos, bastantes, de esos fines de semana libres los ha empleado en su pasión, que es el senderismo y que en los últimos meses se ha ido enriqueciendo con actividades de barranquismo o espeleología. Además, explica Manuel, él y su mujer tienen la oportunidad de viajar con algo más de regularidad a Rotterdam, donde vive su hija. Antes de que la lotería llamara a sus puertas, viajaban a Holanda un par de veces al año; ahora van una vez por estación. Así que aunque la conversación comenzó intentado sentar que su vida no ha cambiado, lo cierto es que sí lo ha hecho. 

Y, además, Manuel y su mujer cumplieron un pequeño sueño hace un par de meses: viajaron a Perú y subieron al Machu Pichu, una vieja ilusión de este monfortino que ilumina su voz mientras lo cuenta: «Fue muy bonito, extraordinario, inolvidable. Se lo recomiendo a todo el mundo». Él vino encantado de lo que vio y, sobre todo, de la gente que conoció. «Ahora nos gustaría viajar a Egipto, pero con todo lo que está pasando, me parece que lo vamos a dejar correr de momento». Insiste Manuel en que las cosas no han cambiado demasiado: «Seguimos con la misma vida, aunque con algo más de solvencia».

-Igual pronto llegan los nietos...

-No sé, eso es cosa de los hijos. Pero, desde luego, eso sí que nos cambiaría la vida.

Manuel es de los que ha guardado el premio. Al menos la mayor parte. Pero en otros muchos casos, el valor del décimo se ha volatilizado: «No es que lo haya gastado, pero sí lo he comprometido», explica Jorge Díaz, un monfortino de 34 años que también cumplió un sueño con el décimo premiado: «He comprado la casa de mi abuelo». Para conseguirlo ha tenido que satisfacer su parte a los herederos y ahora se dispone a reformarla: «En total, entre la compra, los permisos y la reforma, sale todo por 230.000 euros», así que Jorge, además de haber comprometido en la vivienda todo el premio, se verá pronto con una hipoteca: «Sí, pero no es lo mismo esa hipoteca con el premio de la lotería que sin él».

Admite Jorge que aquellos primeros días fueron una explosión de alegría: «Me desfasé. Pero enseguida te das cuenta de que no es para tanto, que hay que pagar 40.000 euros de impuestos y que ya no te queda tanto». Eso sí, se permitió un par de caprichos: una buena cena con toda su familia y un anillo de compromiso para su novia: «Ahí sí que me estiré bastante».

Desde luego, no todo el mundo en Monforte está dispuesto a hablar del premio o lo que hizo con él. A los concesionarios de automóviles, acostumbrados a seducir a pensionistas para que financiaran los coches de los nietos, les cayó el gordo. El bien de consumo por excelencia, el coche, fue la primera parada para muchos de los nuevos afortunados. También varios bancos vieron como se veían liberadas no pocas hipotecas. Incluso el rastro de aquella lluvia de millones puede seguirse por algunos nuevos negocios abiertos en la ciudad del Cabe. Pero, en general, ni la ciudad ni sus habitantes perdieron el juicio con aquel gordo: «Yo no tenía la necesidad de tapar ningún hueco, como se suele decir. Estaba y estoy económicamente bien, así que le di la mitad del premio a mi hijo y el resto me lo quedé», explica Ramón Buján, un empresario local.

Marcelino Álvarez, un empresario de Sober, prefiere no decir cuánto le tocó. De su bar salieron bastantes de los décimos que llenaron su pueblo de sonrisas y él dice que ya lo gastó casi todo: «Nada de dejar de trabajar. Al contrario. Con las inversiones que he hecho, trabajo más que nunca». Dice Marcelino, que las ganancias fueron a mejorar sus viñas y a comprar maquinaria para su bodega de las que salen unas 25.000 botellas al año. «¿Caprichos? Tener buenas máquinas ya es un capricho, porque cambia mucho la cosa de trabajar con ellas a hacerlo como antes».

Lo que no funcionó, al menos no como se esperaba, fue una iniciativa que nació en Monforte al calor de la euforia de aquellos días. Varios políticos y empresarios crearon una asociación llamada Semente Monforte con la que esperaban poner en el buen camino una parte de las ganancias y dedicarlas al desarrollo económico de la comarca: «Seguramente fuimos demasiado optimistas», admite Sara Fernández, una profesora jubilada que preside el colectivo. «Pensamos que había mucha gente que había recibido un premio y que tal vez podía hacer algún donativo». Pero no fue así. La idea apenas fue capaz de aglutinar unos cinco mil euros, que fueron a parar a fines sociales. Al menos la iniciativa sirvió para que un grupo de empresarios se comprometieran con un concurso de ideas que ha servido para poner en marchar cuatro interesantes proyectos de desarrollo comarcal. 

Sara Fernández, que no tenía ninguno de aquellos décimos premiados, recuerda que la creación de Semente Monforte miraba de reojo hacia el premio de 40 millones que recayó en uno de los jugadores. De los 120 millones de todo el gordo, una tercera parte había sido para un solo ganador, que finalmente resultaron dos. Si los 160.000 euros después de impuestos que recibieron todos los que tenían un décimo parecía una cantidad para no volverse loco, los 30 millones (también después de impuestos) que se llevó el superdécimo sí se antojaba como un premio para ser rumboso con el pueblo. Poco se ha sabido de los dos amigos que compartieron ese décimo. Desde luego, Semente Monforte no se llevó nada o casi nada. Dicen que uno de ellos ya estaba bien situado económicamente y que el otro sigue levantándose temprano todos los días para cumplir con su jornada de trabajo, nada fácil por cierto, y que no ha cambiado ni un ápice en su forma de vida. ¿Para qué? El dinero no lo es todo.

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