La primavera, en Ámsterdam

EXTRA VOZ

La primavera es la estación perfecta para recorrer Holanda. Con la llegada del buen tiempo la vida se traslada a la calle, los bulbos florecen, se multiplican las bicicletas y el ambiente se llena de luz, color y animación.

17 mar 2015 . Actualizado a las 17:08 h.

No hay duda de que Ámsterdam es una ciudad cosmopolita, vibrante e inagotable, pero Holanda tiene mucho más que ofrecer y, además, muy cerca de su capital. Les proponemos un viaje para descubrir las imágenes que recogen las postales.

El primer destino nos enseña la antigua lucha de los holandeses contra el agua, ya que todo esta zona está 4 metros por debajo del nivel del mar. Waterland es un territorio de pólders (terrenos ganados al mar) donde parte de sus calles son canales navegables y los molinos, hoy tan entrañables, antaño eran los salvavidas que drenaban la tierra para evitar inundaciones. Aquí se encuentra la Holanda más auténtica. 

Entre sus localidades más famosas se encuentra Edam. Este pequeño pueblo vivió su época dorada a finales de la Edad Media gracias a su mercado de queso y, en la actualidad, conserva un precioso casco histórico para deambular sin rumbo. La vecina  (y rival quesera) Volendam nació como puerto de la anterior y precisamente aquí se concentra toda la animación. Frente al lago Ijssel (en otro tiempo la salida al mar) los antiguos barracones de pescadores se han reconvertido en todo tipo de tiendas de souvenirs, puestecillos de waffles (gofres) y coloridos restaurantes donde tomar una típica comida holandesa. La excursión puede continuar tomando el ferry a Marken. Poner un pie en la isla es como desembarcar en otro tiempo: casas de madera verde con jardines delicadamente cuidados, lugareños vestidos con el traje tradicional, canales apacibles salvados por  puentes blancos y el pequeño puerto con veleros amarrados sumergen al visitante en el siglo XVIII. 

Este viaje al pasado se intensifica al llegar a Zaanse Schans. Una antigua zona industrial donde, hace 250 años, más de 600 molinos producían estantes, pintura, mostaza, aceite y papel. La actividad se abandonó con el tiempo y muchas de esas edificaciones se perdieron hasta que, a mediados del s. XX, se trajeron construcciones tradicionales de todo el país para crear algo parecido a un pueblo-museo lleno de vida. Se puede ver un astillero, un taller de peltre, una quesería y una vaquería, demostraciones de elaboración de zuecos y, sobre todo, muchos molinos (incluso por dentro)

Una explosión de color

Por el suroeste llegamos a otro de los iconos de Holanda. Desde 1949, y durante ocho semanas al año, siete millones de flores tiñen de color el parque de Keukenhof. Los jardines y los cuatro pabellones hacen gala de una fantástica colección de lirios, jacintos, narcisos, orquídeas... Para completar la visita lo mejor es alquilar una bicicleta y salir a recorrer el inmenso tapiz de tulipanes  en que se convierte el campo de los alrededores.

Otra cita indispensable es el mercado de queso de Alkmaar y, por suerte, el primero del año se celebra el Viernes Santo. Esa mañana el pueblo se convierte en un espectáculo folclórico que recrea al detalle la negociación tradicional, que se remonta a 1593. Unos 30.000 kilos de queso esperan  apilados en largas filas a sus compradores. 

Para terminar visitamos la ciudad más pequeña de Holanda. Madurodam es un parque de maquetas donde palacios, iglesias, canales y arbolitos están realizados a la perfección a escala 1:25. Aquí los niños se convierten en reyes y los mayores vuelven a ser niños.