Así recuerdan los lectores de La Voz el día que Franco murió: «Mi hermano llamó a la puerta de casa, le abrió mamá y nos enseñó la portada del periódico»
ESPAÑA
Medio siglo después, quienes eran niños y adolescentes rememoran cómo vivieron la noticia. Dónde estaban y cómo era el ambiente en sus casas, en el colegio o en el trabajo
21 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Natividad, una vecina de Culleredo, recuerda el día de la muerte de Franco porque no pusieron dibujos en la televisión. «Yo tenía entonces siete años, lo recuerdo como un día triste y aburrido». Lo cuenta a La Voz, que estos días preguntaba a sus lectores cómo vivieron la semana en la que España cambió. Dónde estaban cuando recibieron la noticia y cómo imaginaban el futuro que se avecinaba por aquel entonces. La mañana del 20 de noviembre, en una televisión apagada por costumbre —no había emisión matinal— apareció el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, con gesto pétreo, para pronunciar unas palabras que han quedado incrustadas en la memoria colectiva: «Españoles, Franco ha muerto».
La agencia Europa Press había difundido la noticia horas antes, cuando quedaban dos minutos para que el reloj marcase las cinco. Las radios se hicieron eco de inmediato y los periódicos lo llevaron a portada, de modo que muchos españoles supieron de la muerte del dictador antes incluso de escuchar el mensaje oficial. Ana, que entonces tenía 13 años, se enteró en cuanto abrió los ojos. «Nos despertó mi madre con la noticia, y nuestra reacción fue de jolgorio, al imaginar una semana sin clase», recuerda esta coruñesa. Dice que para quienes atravesaron la adolescencia durante la Transición, el proceso fue más natural que dramático: «Franco era aquel personaje peculiar de una infancia que estábamos dejando atrás».
Esa mezcla de desconcierto y alivio escolar se repite en muchos relatos. Belén, vecina de Lugo, tenía nueve años y vivió una escena parecida: «Me desperté para el colegio, pero Arias Navarro lloraba en el televisor porque Franco había muerto». Cuando regresaron las clases, recuerda a una compañera llorando en el recreo porque su abuelo advertía que habría «una nueva guerra». «Nos tomábamos el Tigretón apesumbrados por los vaticinios del abuelo de Isabelita. Los profes, en cambio, estaban contentos con el rey».
Alfonso, coruñés, tenía apenas seis años, pero lo recuerda «perfectamente». Estaba desayunando cuando su tía llamó por teléfono: «Murió Franco», les soltó. Su hermano, mayor que él y que entonces cursaba primero de BUP, ya se había subido al autobús que lo llevaba al colegio. Poco después el vehículo dio la vuelta. «Mi hermano lo que hizo fue ir al quiosco a comprar La Voz con la portada famosa de "Franco ha muerto". Llamó a la puerta de casa, le abrió mamá y nos enseñó esa portada. Serían las nueve de la mañana». Este periódico recibió la noticia en su redacción a través de los teletipos, igual que el resto de diarios, durante la madrugada: «La desaparición del jefe del estado cierra un capítulo decisivo de la historia de España», rezaba el subtítulo de aquella famosa portada.
De los días posteriores, Alfonso conserva la imagen de pegatinas con la bandera de España —«sin el aguilucho»— anunciando la inminente coronación de Juan Carlos. Con los años, dice, entendió la magnitud de lo que había vivido sin comprenderlo: «Se consiguió la libertad, en el sentido más amplio: para hablar, para relacionarse, para amar, para vivir», dice. Y termina con un deseo: «Hoy lo único que quiero es que los jóvenes se den cuenta de que con Franco no se vivía mejor».
Otros lectores eran ya adultos aquel 20 de noviembre. Pedro Moreda, de Ribadeo, hacía la mili como marinero de segunda cuando su superior reunió a toda la compañía para ver juntos el anuncio de Arias Navarro: «Eu non me atrevía a mirar para ningún lado, pero coido que sentín algún salouco e suspiros».
Candela, que vive ahora al otro lado del Atlántico, tenía veinte años recién cumplidos. Recuerda escuchar desde el balcón de casa «el himno de la Internacional». Asegura que su familia vivió bien durante la dictadura —«nunca nos faltó de nada»— y celebra lo que vino después: «Estoy orgullosa de cómo se llevó la transición de un gobierno a otro».
La misma edad tenía Enrique, de Pontedeume, que aquella noche puso el despertador «cada hora» para seguir las noticias de Radio Nacional. «Cuando por fin anunciaron la muerte de Franco, lo celebramos tomándonos cervezas en un bar». A Romay, en cambio, la nueva le pilló haciendo el turno de noche en una compañía ubicada en una céntrica calle de Ourense. Le llamó su jefe y le pidió que, antes de marcharse, colgase a media asta la bandera que había en el exterior. «Mientras la manejaba, pasó un Guardia Civil a toda prisa y, al verme tocando la bandera, se llevó instintivamente la mano al arma». Romay regresó dentro. La bandera no se colocó.
También hay testimonios de lectores jóvenes que no vivieron aquel día, pero crecieron escuchándolo en casa. Lo cuenta Dani: «Mis padres me dijeron que en la casa de mis abuelos se celebró la muerte del dictador. Y también en otras casas del barrio». Aquellas celebraciones fueron discretas, «sin mucho ruido», porque todavía había miedo al régimen: «Dos años después celebraron la democracia, ya sin miedo a acabar fusilados».