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Junts afronta su particular travesía del desierto desde la irrelevancia institucional

Xavier Gual BARCELONA / E. LA VOZ

ESPAÑA

Carles Puigdemont, en una imagen de archivo
Carles Puigdemont, en una imagen de archivo David Borrat | EFE

La pérdida de la Generalitat amenaza con sumir en el ostracismo a los posconvergentes

28 ago 2024 . Actualizado a las 09:17 h.

En el cuartel general de Carles Puigdemont en Waterloo no han colgado el cartel de vacaciones. En la corta vida de Junts no consta un agosto de tanto frenesí, con carreras arriba y abajo, reuniones clandestinas, fugas a lo Copperfield y móviles saturados de información (buena parte de ella, para despistar a los servicios de inteligencia). En Cataluña, lo peor que podía pasarle al líder del independentismo unilateralista se confirmó hace unos días con la investidura de Salvador Illa, el primer presidente catalán no nacionalista desde hace años. Con el menor poder institucional de su historia, sin el Gobierno de la Generalitat ni la alcaldía de Barcelona, fuera también de las diputaciones de Barcelona, Tarragona y Lérida, con solo la presidencia del Parlamento, los posconvergentes tienen que decidir ahora qué van a (poder) hacer en el nuevo curso político que comienza a la vuelta de la esquina. O, lo que es lo mismo, qué clase de oposición van a ejercer a lo largo de los próximos años, y quién o quiénes serán los llamados a liderarla, todo ello muy pendientes de lo que el expresidente huido a Bélgica hace siete años decida hacer con su futuro. De eso se hablará en el congreso extraordinario previsto para finales de octubre.

  En Cataluña, las cosas están más o menos claras. Como segunda fuerza en la Cámara autonómica, con 35 diputados (frente a los 42 del PSC gobernante), sus opciones pasan por desgastar al Ejecutivo, instalando en la opinión pública catalana el relato de que JxCat es la «única alternativa» al «Gobierno españolista» de Salvador Illa. Para ello cuenta con la inestimable colaboración de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) de Lluís Llach, el autor de la célebre L'Estaca, convertido hoy en adalid del secesionismo irredento y principal azote de los «traidores» de Esquerra, que entregaron Cataluña «al enemigo».  

El papel de los empresarios

En el Congreso de los Diputados, todo es posible y nada es descartable. Al menos, a priori. Sus siete diputados siguen siendo indispensables para sostener al Gobierno de Pedro Sánchez, que ahora depende más que nunca de sus socios independentistas, cada vez más abiertamente enfrentados entre ellos. Si hasta ahora Sánchez ha tenido que sudar tinta en cada votación, las exigencias van a seguir siendo elevadas, al menos mientras Puigdemont siga sin poder acogerse a los beneficios de la ley de amnistía. La gran incógnita es si en el partido están realmente interesados en tumbar la legislatura y asumir las consecuencias de lo que un Gobierno de PP y Vox, en principio hostil para sus intereses, o solo es una forma de marcar perfil escenificando sus diferencias. Porque, igual que Esquerra tiene dos almas, en JxCat también hay quien sueña con volver a ser lo que fue en su día la Convergència Democràtica de Jordi Pujol, la casa gran del catalanismo pragmático, capaz de pactar con socialistas o conservadores, según sople el viento en cada momento. En ello está también la gran patronal catalana, Foment del Treball, volcada en forjar una alianza sólida del centroderecha que pueda llevar a los gobiernos de izquierdas a la papelera de la historia. La foto de su presidente, Josep Sánchez Llibre, con Puigdemont en la campaña del 12-M dio mucho que hablar. Aunque sigue siendo su mayor activo, la extrema polarización que genera el político de Waterloo puede acabar siendo una losa que aleje a la formación de la centralidad. Por ahora, la palabra retirada no figura en el manual de campaña del expresidente, que sigue esperando a que los tribunales le den la razón para volver a Cataluña y relanzar un independentismo que atraviesa sus horas más bajas.