Aunque las encuestas del CIS —las de Tezanos y las de antes— dicen que la mayoría de los españoles se sitúa en el centro del espectro ideológico, lo cierto es que el experimento electoral de las bisagras chirría constantemente desde el inicio de la Transición. Y no se puede decir que sea un fenómeno exclusivo de España, sino que es un fenómeno habitual en todo el mundo que se agrava cada vez que la polarización se apodera del espacio político.

El centro marcó los primeros años de la joven democracia española con la Unión de Centro Democrático (UCD), un partido de aluvión que reunía sensibilidades muy dispares de quienes buscaban una salida pacífica al franquismo. Aquella UTE ideológica implosionó en cuatro años, con el fallido golpe de Estado del 23F como espoleta para acelerar la muerte de un partido que solo compartía siglas para acaparar el poder.

Adolfo Suárez quiso aprovechar su carisma y el apoyo de una parte del empresariado para intentar una segunda aventura, el Centro Democrático y Social, cuya implosión electoral dejó huérfano el punto medio ideológico en la pugna entre el felipismo socialista y el naciente aznarismo del PP.

Solo el llamado Partido Reformista, un experimento creado en torno a Miquel Roca, uno de los cerebros de la Convergencia más pragmática, y Florentino Pérez, que se había formado en la cantera de UCD, intentó ocupar ese espacio de eje entre los dos grandes representantes del bipartidismo imperfecto español en la década de los noventa.

Con el nuevo siglo, UPyD intentó recoger los restos de aquel naufragio con un puñado de veteranos de la política que habían salido rebotados de los dos grandes partidos, con una líder (Rosa Díez) que procedía del PSOE y unos cuadros en los que no faltaban nombres procedentes del PP. Este partido, cuya defunción oficial en el registro del Ministerio del Interior se acaba de consumar hace unos meses, nunca logra traspasar la barrera física de Guadarrama y su influencia se redujo a los cenáculos madrileños.

Para la historia queda la renuncia de Díez a fusionar su partido con un entonces irrelevante Ciudadanos, un partido surgido del enfado de muchos votantes con el ya asfixiante nacionalismo catalán que, liderado por Albert Rivera, buscaba aprovechar el hastío con la vieja política para lanzar un proyecto liberal y modernizador, al menos sobre el papel.

Ciudadanos fue el partido que más lejos llegó desde la UCD. Estuvo a punto de conseguir ser decisivo en el Gobierno, aunque Rivera decidió no pactar con Pedro Sánchez, y se ha asentado en numerosos ejecutivos autonómicos y locales.

Pero el centro, como los Lib Dem proeuropeos en el Reino Unido o los liberales en Alemania, solo son útiles si pueden ejercer ese cometido de facilitar mayorías a un lado y a otro del tablero político, en función de las diferentes propuestas.

Ese papel en España lo juegan con muchos menos diputados el PNV o la antigua Convergencia. Y el centro se ha quedado como un fantástico argumento de quienes prefieren no posicionarse públicamente con uno u otro bando. Son, según esos mismos estudios, unos cuatro millones de votos —Ciudadanos llegó a sumar cinco en toda España— que cambian de voto de unos comicios a otros. Ellos son ese centro que, para desgracia de Inés Arrimadas, nunca existió y que en Cataluña ha preferido quedarse en casa incluso a costa de facilitar el éxito del independentismo.

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El centro nunca existió