Cataluña sigue siendo impredecible. Tras la década perdida en los brazos del independentismo radical iniciada por Artur Mas, acelerada por Carles Puigdemont y rematada por Quim Torra, parecería lógico que los votantes juzgaran con dureza la inacción, la corrupción y la falta de un proyecto sólido para salir de la peor crisis del siglo, con el covid-19 cobrándose víctimas por decenas cada día y un incierto panorama económico por delante.

El escenario previo hacía presagiar ese cambio. Torra ha sido un pésimo presidente que acabó inhabilitado por desobediencia cuando debería haber sido reprobado por el Parlamento. Junts, el artefacto electoral de Puigdemont, sufrió unas peleadas primarias y la escisión de los sectores más moderados y de los restos de la vieja Convergencia. Los constitucionalistas apostaron por dar la batalla con candidatos sólidos. El PSC retiró al penúltimo superviviente del 1-O, Miquel Iceta, y echó el resto —aparato gubernamental incluido— para intentar convertir a Salvador Illa en el heredero de la estirpe de Maragall. Los socialistas incluso forzaron la máquina para votar en plena escalada de contagios frente al consenso de sus contrincantes de posponer los comicios hasta que la vacunación avanzara y redujera los riesgos para los electores. El PP, irrelevante en Cataluña desde hace lustros, encontró en Alejandro Fernández y en los huidos del naufragio de Cs una sólida base sobre la que intentar reconstruir su proyecto.

Pero nada de esos presupuestos de salida han tenido influencia en el electorado. Cataluña, como el resto de España y buena parte del mundo, está más preocupada de la pandemia que de los trasnochados discursos de un puñado de políticos egocéntricos más preocupados de sus propias necesidades que de las de sus administrados. Con los datos en la mano, la abstención ha sido la ganadora y el constitucionalismo, su principal víctima.

Solo han cumplido sus expectativas aquellos que estaban hipermovilizados. El nacionalismo más ultramontano de Puigdemont logró otra vez más vencer a la lógica y a las encuestas y tendrá la sartén por el mango para imponer sus condiciones para instalarse en Sant Jaume y ocupar el sillón presidencial que sigue considerando suyo y que pretende tutelar. ERC disfrutará de su primera victoria frente a su eterno enemigo, pero Aragonés no podrá librarse de la presión de Waterloo para no pasar por un botifler. Es cierto que le queda el comodín de Illa, pero renunció por escrito a esa carta.

San Valentín nos dejó una amarga resaca. El preludio de una gran bronca política que llega cuando menos procede. Pedro Sánchez, lejos de haber conseguido pacificar Cataluña, tendrá que afrontar los meses clave para activar las inversiones de fondos europeos con un ojo puesto en el desafío separatista. El independentismo seguirá contaminando la política española. Otra oportunidad perdida para todos.

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El independentismo seguirá contaminando la vida política