El PSOE se revuelve. No diré todavía que se subleva, pero sí que ha empezado a andar revuelto. Culpable, la negociación de la investidura con Esquerra Republicana. Los socialistas que no tienen miedo porque tienen poder, como Javier Lambán o García-Page, arremeten contra el posible pacto con términos como «indeseable dependencia» de un partido secesionista o peticiones formales como que el gobierno de España «no pase por desestabilizadores». Antes se habían pronunciado en contra los históricos, los conocidos como «vieja guardia»: Felipe González, Alfonso Guerra, José Bono o Rodríguez Ibarra. Son los que ya no tienen necesidad ni apetencia de salir en la foto. De todo ello se puede deducir que contentos, lo que se dice contentos, solo lo están el aparato y los que tienen fe ciega en su secretario general. Lo malo es que el nivel de crítica no se puede medir, porque en la consulta a las bases solamente se les preguntó por la coalición con Unidas Podemos.

Después de las últimas manifestaciones de solemne cabreo de Lambán y Page, el portavoz adjunto del partido, Felipe Sicilia, compareció en Radio Nacional para tranquilizar a los inquietos antes de que se hagan subversivos. Sus mensajes han sido que no se cruzarán líneas rojas ni se incumplirán la Constitución ni el ordenamiento jurídico vigente. No hubo una explicación más ni un mayor detalle sobre lo que se negocia, con lo cual la conclusión es que se tranquilizará quien se quiera tranquilizar y seguirá en la duda, la sospecha y la suspicacia quien ya está instalado en ellas. Al Gobierno, al PSOE y a sus portavoces les cuesta un riñón ofrecer una pista sobre lo que se habla. Dan la cara (cuando la dan), pero para decir lugares comunes. Los negociadores salieron de la última reunión por el garaje. Eso es huir de las cámaras y los micrófonos.

De todo ello deduzco que Pedro Sánchez puede ser investido como presidente, pero con el precio de abrir una brecha en su propio partido. Ya está abierta con otras formaciones, como se desprende de las palabras de diputados como la señora Oramas, que descalifica el entendimiento con un partido al que los asuntos de España le importan literalmente un carajo, disculpen. Pero abrir tensiones que pueden desembocar en cisma es de una grave responsabilidad. Y lo que se atisba por debajo es un fondo de desconfianza en el líder. «Hable con su partido, señor Sánchez», le decíamos hace poco. No lo hizo, ni nadie lo hizo en su nombre, y sobre ese silencio creció la idea perversa de que le importa más la presidencia que la nación. ¿Necesito repetirlo un día más? Lo haré, aunque resulte tedioso: todo el malestar se debe al oscurantismo con que se efectúa la negociación.

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En el fondo, la desconfianza